
Preferible el revólver, pensó el anciano mirándose al espejo con los ojos cerrados. Tenía 23 años de edad. Vestía una casaca jean que alguna vez tuvo el cuello liso y suave como la piel de una vaca, pero que la lejía y los años habían convertido en el lomo de algún animal desconocido, casi alopésico. No quería llorar. Se mantenía de pie ante la superficie que lo duplicaba, con una tenacidad adolorida, casi desesperada, pequeño y sencillo hombre que en su vida no ha tenido nada mejor que los deseos. Como si despertara de un sueño, abrió los ojos y se miró: rojos, las ojeras escarlatas, los secos labios que no le hablaban. Era un anciano, no cabía duda. Una arruga rajaba su rostro entre las cejas. Hacía mucho que sus pómulos habían perdido el brillo. Las aletas de la nariz le dolían. Tenía 23 años de edad.
Recordó que alguna vez pensó en un cuchillo. También en pastillas, en dolorosos tónicos que lo sumergirían en un sueño que duraría una noche eterna. En sus momentos más oscuros había imaginado una soga y su lengua trabada entre los dientes. Sin embargo, si había que renunciar a todo, al sufrimiento y a la locura y hasta al dolor de ver cerrar su respiración con el reflejo de su mundo diciéndole adiós por las espaldas, todo eso también debía desaparecer. Qué cobarde decir esto. Qué antiestético. Qué mediocre. Quizá era eso lo que quería: renunciar también a la poesía. Sus sesos escupidos en un segundo contra el mostrador de ese restaurante donde hoy atendia clientes bigotudos y pitucones, tla sangre huyendo de sí misma, un río lleno de vida que se zafa del cauce, que se rebela, que destruye. El gatillo temblando y su sonrisa congelada para siempre: la pesadilla. Pero ningún dolor. Eso. Eso.
Abrió la boca. Parecía que iba a gritar pero se limitó a estirar una mueca ovalada, que le arrancó una sonrisa. Llevó las manos a la llave del agua. Con la misma expresión que si mordiera un limón, se lavó la cara. Los pelitos de sus mejillas se erizaron. Entonces, taconeando fuerte, dio media vuelta y regresó al trabajo. Era junio. Él servía cafés a mochileros y parejas de estudiantes en una esquina de Schell, en Miraflores. Desde que ha empezado a hacerlo, hace menos de dos meses, nunca ha equivocado un solo pedido.
*Capítulo 3, de cierta novela en construcción.

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