sábado, 19 de diciembre de 2009

Demoliendo Hoteles (reloaded)


Yo que nací el mismo día, a la misma hora, con cuatro minutos de diferencia, de Vargas Llosa. Yo que puedo recordar un almuerzo familiar con meses de nacido. Yo que recuerdo también (o quizá fue un sueño) cuando un loco destruyó las lunas del cuarto de mis viejos, y los pedazos cayeron sobre mi cunita. Yo que crecí con una idea fija, con un corazón bueno, pero sin ningún don especial. Yo que escribí mis primeras cosas en el cuaderno de matemáticas. Yo que tengo un hueco en el pecho, entre las costillas, en medio del corazón. Yo que viví los peores veranos que puede tener un chico de 17 años, encerrado en casa, viendo películas de Lynch como un poseso, mientras mis primos cantaban al aire libre. Yo que odiaba el olor del mar, los mediodías en familia, las chicas en bikini. Yo que esos años fui visitado por un demonio tristísimo, que sólo me miraba. Yo que alguna vez creí que era versátil. Yo que sufrí tragedias bíblicas y gocé triunfos olímpicos, y leí a Bukowksi como un desesperado, a Vallejo como un seminarista. Yo que a los seis me encerré en el baño del colegio con mi compañera de carpeta, y, tras bajarle el buzo, la inspeccioné como un urólogo. Yo que no entiendo cómo hacen ciertas mujeres para desprenderse de un mal recuerdo. Yo que maté un gato a patadas cuando tenía ocho. Yo que fui capaz de pegarle a un amigo porque dijo que un cuento mío le parecía el trabajo de un burgués. Yo que ingresé a San Marcos en el puesto doce. Yo que comí de mi propia carne habiendo tomado, despiadado, largas horas para desmenuzarme. Yo que estuve a punto de hacer un pacto con Lucifer. Yo que salvé una vida cuando un trailer destrozó la cabina de un Maleño, haciéndole un torniquete con mi camisa a la arteria que teñía el asfalto. Yo que no dudé en vengarme, en pagar el doble, en pensar con vértigo. Yo que he hecho muchísimas cosas a escondidas. Yo que pensaba de niño que era gay porque adoraba el peinado de Gustavo Cerati. Yo que estudié Derecho por desconfianza a mi corazón, y que ahora hago Periodismo por desconfianza de mi juventud. Yo que jamás, jamás seré simpatizante de Alianza Lima, ni del Señor de Los Milagros, ni del Cerro San Cristóbal, ni de las camisas floreadas de cobrador. Yo que amo a Lima Cuadrada, eso sí, y me gusta pararme en las esquinas a leer los antiguos nombres de las callecitas. Yo que creo en Cristo como mi salvador por gracia. Yo que lo antes posible quiero comprarme un caballo de paso, y un velero, y una casa rodante, y una ventana en un vigésimo piso, y una máquina de golosinas para mi habitación. Yo que fui el típico lorna educado a la cuzqueña, con ternura, con temores, con culpas, y que jamás me masturbé hasta los quince, ni he usado cocaína ni pepas ni busqué la felicidad destruyéndome todos los sábados. Yo que sí fume un porro, muchos en realidad, pero ya de viejo e inducido por mí mismo. Yo que no he necesitado de ningún malvado que me enseñe cosas malas. Yo que morí muchas veces al final de la noche. Yo que un día amé mi hueco en el pecho porque me amó una mujer. Yo que he escrito un libro de cuentos sin publicar, y otro de poemas sin regalar. Yo que soy capaz de vomitar cuando veo una cucaracha. Yo que soy un poco terco, y un poco nerd, y un poco romántico, y bastante bipolar. Yo que he robado libros, vueltos, anillos, corazones, y no los he devuelto hasta el día de hoy. Yo que he hecho llorar desesperadamente, que he provocado orgasmos inenarrables, que he hecho el ridículo en la cama de la manera más vergonzante. Yo que algún día tendré un hijo. Yo que nunca me baño los domingos, y me rasuro el pubis cada tres días, y siempre pienso en cómo será el día de mi muerte. Yo que he saltado de un barco, que me he abandonado a la corriente. Yo que me arrepentí, que me eché la culpa de todo, que inventé excusas. Yo que me embriagué hasta el vacío. Yo que tantas veces simulé comenzar de nuevo, tratando de olvidar. Yo que no quiero estar triste nunca, nunca más. Yo que algún día -lo sé- tendré otra oportunidad.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Técnicas para protagonizar una canción de The Cure

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Se hartó de confiar sin condición. Se hartó de ser el tierno y estúpido héroe. De amar por sobre todas las cosas (y del vino) porque más allá nada es posible. Porque allá el camino se hunde en un horizonte que es trampa, precipicio. Se hartó de que los sueños no deban, no puedan durar.

Está cansado de hacer el amor confiando en alguna certeza. En el poema, en el vientre, en el mal paso vencido, en la concatenación de ciertas esperanzas. Se cansó del espérate. Del quédate. Del tengo frío. Del sírvete. Ya no quiere más que la música diga siempre, siempre, ese nombre. Que una calle al tardecer se estire más allá de lo aguantable. De ser perfecto, curioso, crédulo. De acariciar una panza no suya, sonriente y silenciosa panza cómplice, pensando en volverse tan puro y exquisito como para hacer el amor solo con la mirada.

Ya no soporta ser puntual, tener buena memoria, descifrar el renglón adecuado. Ya no aguanta más las cartas escritas en un block Justus, esas sorpresas bien planeadas, ese guiso de letras que resulta tan fragante. Odia a Vargas Llosa. Odia a Vallejo. Odia a Ribeyro. Detesta con todas sus fuerzas a Blanca Varela. Quiere escupir sobre las putas y los prostíbulos de Humareda. Decirle a Soda que en realidad ser prófugo nunca sirvió de nada. Ya no más la cautela, la verborrea, la voz baja. Se siente tonto por haber llegado temprano con un libro dentro de la flor. Con una metáfora dentro del cumplido. Con una única dirección.

Quiere cantar, cantar hasta perder la conciencia. Dejar la inocencia en una página como esta, severa, cerrada, lúcida. Ser luminoso y cruel hasta olvidarlo todo. Quiere no pensar. No mirar. No decir.

Pero fíjense: y, sin embargo, está. Persiste suavemente mientras, leyendo, este rostro de chico bueno sonríe como un chico bueno. Tocando fija, obsesionadamente. Y con un solo empeño: escribe.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aguja en el pajar

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Sabes?
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Tampoco soy intelectual. Tampoco tengo dinero. Tampoco soy cool. Solo soy un tipo al que se le pone la carne de gallina cuando escucha Needle in the Hay, mientras Richie Tenembaun se afeita completamente. Checa este video para que sepas a qué me refiero.