jueves 17 de diciembre de 2009

Técnicas para protagonizar una canción de The Cure

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Se hartó de confiar sin condición. Se hartó de ser el tierno y estúpido héroe. De amar por sobre todas las cosas (y del vino) porque más allá nada es posible. Porque allá el camino se hunde en un horizonte que es trampa, precipicio. Se hartó de que los sueños no deban, no puedan durar.

Está cansado de hacer el amor confiando en alguna certeza. En el poema, en el vientre, en el mal paso vencido, en la concatenación de ciertas esperanzas. Se cansó del espérate. Del quédate. Del tengo frío. Del sírvete. Ya no quiere más que la música diga siempre, siempre, ese nombre. Que una calle al tardecer se estire más allá de lo aguantable. De ser perfecto, curioso, crédulo. De acariciar una panza no suya, sonriente y silenciosa panza cómplice, pensando en volverse tan puro y exquisito como para hacer el amor solo con la mirada.

Ya no soporta ser puntual, tener buena memoria, descifrar el renglón adecuado. Ya no aguanta más las cartas escritas en un block Justus, esas sorpresas bien planeadas, ese guiso de letras que resulta tan fragante. Odia a Vargas Llosa. Odia a Vallejo. Odia a Ribeyro. Detesta con todas sus fuerzas a Blanca Varela. Quiere escupir sobre las putas y los prostíbulos de Humareda. Decirle a Soda que en realidad ser prófugo nunca sirvió de nada. Ya no más la cautela, la verborrea, la voz baja. Se siente tonto por haber llegado temprano con un libro dentro de la flor. Con una metáfora dentro del cumplido. Con una única dirección.

Quiere cantar, cantar hasta perder la conciencia. Dejar la inocencia en una página como esta, severa, cerrada, lúcida. Ser luminoso y cruel hasta olvidarlo todo. Quiere no pensar. No mirar. No decir.

Pero fíjense: y, sin embargo, está. Persiste suavemente mientras, leyendo, este rostro de chico bueno sonríe como un chico bueno. Tocando fija, obsesionadamente. Y con un solo empeño: escribe.