viernes 20 de noviembre de 2009

Identifac



Cuando es de noche y nadie lo ve, X se para desnudo ante el espejo de su habitación. Sin gesto en el rostro, imagina que nadie se turbará si un día decide así escuchar clase o irse a trabajar. Le gusta creer que de esta manera le será más facil saludar a sus amigos con un abrazo. Repasa las caras de asombro de quienes lo mirarían, el escándalo en las esquinas, el terror de los pasajeros en las combis. No le importa el frío de las altas horas. Él es así. Mientras se observa las pecas de las clavículas, la marca de sus vértebras o el rasurado vello púbico, decide -pero no sabe cuándo- que si le devolvieran el gesto, sería feliz. Una especie de loco que en la vida no tiene nada más importante que su mirada.

X se siente en paz cuando está solo consigo mismo. No le ha contado a nadie este secreto anhelo porque no quiere que lo confundan con un exhibicionista o un degenerado. Solo juega con la idea de que es irresponsable y que, seguramente, lo hará al día siguiente. En realidad es como un ritual extraido del difuso recuerdo de alguna vida pasada: su cuerpo como un libro muy suave, de tapa sensible al tacto, cuyas páginas están llenas de palabras simples. X detesta la elaborada poesía y los párrafos técnicos. Ahora, en esta vida, en esta página, él solo quiere experiencias de todos los días, comunes y corrientes, escritas por la misma caligrafía. Pero mejor aún si todo eso viene acompañado con el silencio. Con callarse la boca para no tener que decir alguna tontería.