miércoles 7 de octubre de 2009

Carta sin fin


Querido Mario.

Apuesto a que no recuerdas cuando nos conocimos. Ocurrió en el 89. Era Navidad y yo vine a Lima a pasarla con mis primos en la playa. Mi viejo me sorprendió con un Maxplay nuevito: cómo olvidar ese tesoro plomo, oliendo a nuevo. Tú como un bebé junto a tu hermano. Quizá solo el delirio que me causó leer Conversación en la Catedral, años después, se puede comparar a lo que sentí al tenerte entre mis manos. Contigo, amigo mío, contigo yo fui el niño más feliz del mundo mundial.

¿Te acuerdas cuando casito mi profesora me ampaya en el vicio que abría cerca de la Plaza San Francisco? ¿Ese por el Portal de Panes, recuerdas? Yo debía estar en tercero o segundo de media, y en una de las tantas vacas que inventé con mis broders la gasté dándole duro a la palanca. Muy pocos podían hacerme la pelea cuando tú y yo eramos uña y mugre: quizá porque podías volar sin más ayuda que la de tu cola, o porque brillabas como una moneda de oro cuando derretías a tus enemigos, o porque salvabas al mundo con la sola potencia de tu corazón. El caso es que esa mañana el lugar estaba repleto de lobos como Vargas, el Chancho, Pacholas, tipejos de la peor calaña, criados con sirvientas y gollería de hijitos de papá. Ya te imaginas sus caras cuando vieron a la maestra con las manos en la cintura, acompañada del auxiliar, de un tombo y del chofer del bus del cole, presta a sacarlos de las patillas.

Exactamente fue cuando estaba por pasar el mundo del desierto. Ese que tenía ladrillos vivos que se abalanzaban sobre ti, frente a las pirámides. ¿Recuerdas? De repente oí la voz de uno de mis patas que gritó "la profe!". Te juro que los huevos se me subieron hasta las cejas. Mis cuadernos los había dejado puestitos encima de la máquina, así que solo atiné a tirarlos con una mano, lanzarlos hacia atrás, hacia los cables del armatoste. Me zambullí a recogerlos. Claro que fue un movimiento cojudo, pero el hecho es que resultó. Hice la finta que los recogía y me escondí. Cuando asomé la cabeza, el lugar era un cementerio. Excepto la cara de acné del tío que nos vendía las fichas, no había nadie. Recuerdo que era una maestra joven, bonita, que tenía fama de aprobarte en los exámenes si le rogabas o le contabas 'una triste'. Al día siguiente de hecho que fui a clases, y todos mis patas tenían papeletas y llamadas a la dirección. Por supuesto que el susto me duró un par de días y ahí nomás regresé a las andanzas, aumentado y corregido.

También he recordado no sabes a quién: a Margot, la chica que atendía un vicio de por mi jato. Tienes que acordarte de ella: tres años mayor que yo (cuando tienes 12 y la flaca 15 la diferencia es sideral), que, según las malediciencias, "ya había tirado" con un vejete de veintiuno que estudiaba en la Universidad de San Agustín de Arequipa. Pese a tan escandaloso prontuario (te hablo de Cusco 1992) yo me cagaba por ella. Quizá por el hecho de que ya era una mujer con todas sus letras y yo apenas un chiquillo –tres o cuatro pendejos tímidos- que se acuchillaba ni bien mi abuela apagaba las luces. Claro que alguna vez tuvimos nuestras cosas, piquitos, agarraditas de mano, pero nada más. Esa era la época nuestra, Mario, y también de Top Gear y su pista en Machupicchu. Margot era lobaza con el auto blanco. Nunca comprobé si la chismosería de mis patas era cierta. Entonces yo era más ganso de lo que soy ahora, y jamás intenté agarrarle ni siquiera la cintura cuando jugábamos. Mis manos de entonces, suavísimas, solo sabían darle duro a mi joystick.

Pero no me arrepiento. Vaya si le sacaba el jugo a los recuerdos. Los maestros del Atari debieron quedarme chicos cuando, a solas, me ponía a evocar a la pecosísima Margot a mi lado, gastando sus nitros conmigo como si fueran besos… Me acuerdo que tenía lunares en el pecho, y cuando salía sol se ponía unos malditos polos de cuello V que me dejaban literalmente hecho un huevón. Fueron unos meses inolvidables, quizá de los mejores de mi adolescencia. Margot y yo salíamos juntos a pasear a su perro, a comer marcianos y a jugar mundo, lingo, y algo medio parecido a policías y ladrones que los del barrio llamaban "Enatru". Me acuerdo que yo le decía "honguita" y ella me decía "chaparrito". Hasta que un día se fue a vivir a Cochabamba con su viejo, que era medio milico, y cerraron el vicio y su jato quedó en tinieblas. Nunca más la vi. Le perdí el rastro.

Querido Mario, ayer volví a escogerte de entre los recuerdos de mi habitación. Tu cara bigotuda, tus tirantes de gasfitero, me han traido imágenes desmayadas, refundidas, de cuando eras mi super pata. ¿Te acuerdas de aquellos años? De cuando Browser se cagaba de risa luego de hacer las tareas, y Toad -ese maldito cabezón- nos tenía podridos cuando al fin de un stage repetía que tanto esfuerzo había sido en vano porque la verdadera princesa estaba cautiva en el siguiente castillo.
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Amiguito, este post no tendrá un final para el aplauso. Aquí queda. Inconcluso como la historia que cuenta.