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Al lado de la cama estaba mi mochila, lanzada sobre el piso con la desesperación del sexo inminente. Mi casaca colgaba a la mala de la silla. Pero sobre el escritorio reinaba un orden absoluto. Entreabrí las cortinas y bajé la mirada a la calle desierta. A esa hora, todos los negocios miraflorinos tenían la puerta metálica bajada. Tras los vidrios del Vivanda, las máquinas cobradoras, alineadas, como agazapadas, aguardaban con paciencia el amanecer. De vez en cuando el chirrido de algún taxi o las pisadas de un gato hacían vibrar el aire. Se me ocurrió tomar un libro de la sala y leer algunas horas. Sin pensarlo, bajé y rebusqué en el mueble atestado de libros que había allí. No me apetecía ninguno pues había leído la mayoría. Al final, me decidí por una versión pirata de Tokio Blues. Busqué la botella de vino y, tranquilísimo, me puse a leer.
El alcohol me tensó el cuerpo. Pero el sueño se resistía a visitarme. Sentado en una sala ajena, que conocía por primera vez, entre trago y trago, avancé casi la mitad de Tokio Blues. Lo había leido el año que fui mochileando por hasta New York. Y ahora, cinco años después, lo releía a medianoche, en casa de una chica cuyos padres había viajado, vestido con un pulóver ajeno que me iba demasiado pequeño. Qué tal, pensé, qué extraño. De no haber pasado por esta noche jamás habría vuelto a leer este libro.
Casi sin darme cuenta, el cielo empezó a clarear. Fui a la cocina, me lavé la cara, y escribí sobre un block imantado en la superficie del refrigerador: “He bebido lo que quedó del vino y me robé Tokio Blues de tu estante. Ya ha amanecido y me regreso a casa. Chau”. Y, tras dudar un poco, añadí: “Eres preciosa cuando duermes”. Luego me puse mi ropa, apagué todas las luces que habían quedado encendidas en la casa, abrí la puerta de la calle tratando de hacer el menor ruido posible, y salí. Me preocupaba que algún vecino me viera, pero no había nadie deambulando afuera. Hasta los gatos habían desaparecido. Solo un gallinazo, posado sobre un banco, muy arriba, oteaba los alrededores. Tratando de no pensar tomé un taxi. Las palabras que había pronunciado hace horas, y las caricias que se me habían chorreado como cartas bajo la manga, burbujeaban en mi cabeza.
Al llegar a mi depa, me metí como un perro con la cola entre el culo. Me lavé los dientes, me quité los pantalones, el calzoncillo. Me zambullí entre las sábanas y cerré los ojos con fuerza. En la oscuridad, mi corazón ahogado, caliente, giraba frente a mis narices. Pronto me sumergí en un sueño sin sueños, poderoso como un puñetazo.
El alcohol me tensó el cuerpo. Pero el sueño se resistía a visitarme. Sentado en una sala ajena, que conocía por primera vez, entre trago y trago, avancé casi la mitad de Tokio Blues. Lo había leido el año que fui mochileando por hasta New York. Y ahora, cinco años después, lo releía a medianoche, en casa de una chica cuyos padres había viajado, vestido con un pulóver ajeno que me iba demasiado pequeño. Qué tal, pensé, qué extraño. De no haber pasado por esta noche jamás habría vuelto a leer este libro.
Casi sin darme cuenta, el cielo empezó a clarear. Fui a la cocina, me lavé la cara, y escribí sobre un block imantado en la superficie del refrigerador: “He bebido lo que quedó del vino y me robé Tokio Blues de tu estante. Ya ha amanecido y me regreso a casa. Chau”. Y, tras dudar un poco, añadí: “Eres preciosa cuando duermes”. Luego me puse mi ropa, apagué todas las luces que habían quedado encendidas en la casa, abrí la puerta de la calle tratando de hacer el menor ruido posible, y salí. Me preocupaba que algún vecino me viera, pero no había nadie deambulando afuera. Hasta los gatos habían desaparecido. Solo un gallinazo, posado sobre un banco, muy arriba, oteaba los alrededores. Tratando de no pensar tomé un taxi. Las palabras que había pronunciado hace horas, y las caricias que se me habían chorreado como cartas bajo la manga, burbujeaban en mi cabeza.
Al llegar a mi depa, me metí como un perro con la cola entre el culo. Me lavé los dientes, me quité los pantalones, el calzoncillo. Me zambullí entre las sábanas y cerré los ojos con fuerza. En la oscuridad, mi corazón ahogado, caliente, giraba frente a mis narices. Pronto me sumergí en un sueño sin sueños, poderoso como un puñetazo.

1 comentarios:
tokio blues es lo más...
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