martes, 4 de agosto de 2009

Mi patológico Yo



Pensé en lo que E me dijo el otro día, en lo de mi obsesión con el Yo. Pasé la mitad de la noche mirando una mulita de pisco, en mi habitación melliza, dándole vueltas a esas palabras que se habían empozado en mi cabeza como un charco de lodo. Supongo que sentí temor y me dejé caer en un profundo y pacífico sueño y no pensé más en esas palabras. Podría decirse que las olvidé, por un momento, mientras el cansancio y los vapores del trago hacían lo suyo. Podría decirse que -pese a la censura- mi querida E tan seria y profana esta vez tuvo razón.

Solo soy un niño. No tengo la más mínima idea de lo que digo. En realidad, puedo asegurar sin equivocaciones que nunca he salido de mi cuarto mellizo, a tan pocos metros del océano. Nunca conocí nada más allá de lo que sostienen los encorbatados estantes de mi mundo. Si me preguntan sobre Literatura, por ejemplo, probablemente sea capaz de resumir, impecable, cada buen libro que se haya publicado en el último medio siglo. ¿El mejor de todos? Borges, sin duda. Sé mucho sobre él. El discreto trabajo de su vida, sus laberintos de espejos, sus tigres. Él y su admiración por el Imperialismo. Él y los compadritos de San Telmo. Todo, completo... Pero no puedo decir cómo suena la avenida Corrientes un sábado por la noche. Jamás estuve ahí para ver ese estrepitoso obelisco erecto entre bailarinas de tango y librerías abiertas toda la madrugada. ¿Y sobre pintura? Puedo hablar mucho sobre pintura, sobre el renacimiento, claro que sí. Miguel Ángel, por ejemplo: su genio endiablado, sus aspiraciones políticas, su orientación sexual. Pero no soy capaz de describir cómo huele la Capilla Sixtina. Pese a mi profusa patología del Yo, a mi obcecación por la figura, jamás estuve ahí para ver esa cúpula. Esa espléndida nave. Sin que me importe el dolor de cuello o el dinero en la billetera. Aterrizando, demudado, sobre cada uno de sus trazos.

Si me preguntan sobre mujeres, es casi seguro que sonreiré satisfecho y ensayaré un prolijo resumen de mis preferidas. Incluso puede que me haya ido a la cama con algunas. Incluso eso. Pero nunca podré decir lo que se siente despertar junto a la mujer capaz de prometerme la vida más allá de la muerte. De hacerme sentir estúpida-verdaderamente feliz. Un macho que se respeta. Un Yo obsesivo. Eso soy, claro, ese es mi orgullo. Y si me preguntan sobre la guerra, por ejemplo, quizá mi rostro cobre una concentrada expresión de dura cerviz, anciano provecto, y cite en voz alta a Einstein: No sé con qué armas pelearemos en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé cuáles serán en la cuarta Guerra Mundial: palos y mazas. Qué buen alumno, qué acotación tan humana, pero por supuesto que nunca estuve en una. No sufrí yo las calles ayacuchanas en 1987, hambrientas y cuajaradas, ni el oscuro resplandor del coche bomba en Tarata, 1992. Nunca tuve la cabeza de un cholo soldado amigo mío entre mis manos, pidiéndome ayuda, muriendo sin poder despedirse de su madre. ¿Y sobre el amor? Dios mío santo. Puedo decirlo todo sobre el amor. Recitar a Neruda, a Bécquer, a San Pablo, pero teniendo silenciosamente claro que no ha existido nadie capaz de hacerme sentir totalmente vulnerable. De echarme un lazo, anudarme, controlarme con sus ojos, rescatarme de las inesquivables profundidades del infierno. Nunca he tenido una verdadera pérdida. Nunca me he atrevido a amar a alguien más de lo que me amo a mí mismo. Ni esto ni nada de lo otro. Yo no.

Tuvo razón. Ahora puedo mirarme como esa noche a solas con mis libros: no soy un hombre inteligente, ni armado, ni sabio. Solo veo a un chiquillo presumido y egoísta y cagado de miedo. Tengo algo dentro que se retuerce, algo que palpita, que quizá nadie fuera de mí podría entenderlo. ¿Es que plajear y copiar es la única posibilidad? ¿Es que supongo que sé todo sobre la muerte porque leí cuatro veces La Iliada? ¿Porque puedo repetir versículos íntegros del Libro de Job? ¿Acaso es esta mierda lo que me define?

(Fabricio: a menos que, en realidad, quieras hablar de ti mismo. De quién eres. De por qué. De cómo. Sé que te aterroriza lo que puedas decir. La perspectiva de abrirte las venas sobre un papel es como verle la cara al fantasma que llevas dentro. Quizá no exista otra manera. ¿Seguro que no quieres hacerlo?).