viernes 3 de julio de 2009

Remake


La memoria es algo extraño. Mientras estuve en San Marcos apenas le presté atención al paisaje exterior. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, siete años después, me acordaría de él hasta en los pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba poco el paisaje exterior. En aquella época solo pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en la que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerang, todo volvía al mismo punto de partida: yo.

De esa época, la primera imagen que se perfila en mi mente es la de los pasillos verde nilo. El viento helado en las mañanas, los gigantes salones vacíos, las carpetas dañadas con inscripciones revolucionarias, el olor a desinfectante de los baños minúsculos. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Cinthya, ni estoy yo. "¿A dónde hemos ido?, pienso. "¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor -ella, mi yo de entonces, nuestro mundo- ¿a dónde ha ido a parar?". Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Cinthya. Conservo un decorado sin paisajes.

Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir en algo su imagen. Sus manos pequeñas y frías. Los lóbulos de sus orejas, que se pecibían al tacto igual que la piel de un durazno. La elegante manera de vestir que solía llevar en invierno. Su costumbre de mirar directo a los ojos cuando hacía una pregunta. El ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz. Al sobreponer estas imágenes su rostro emerge de repente en mí. Primero se refleja su perfil. Quizá porque Cinthya y yo solíamos andar uno al lado del otro. De la mano, casi siemre, y hablando temas que a otros hubieran resultado extraños. Por eso su perfil es lo primero que emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez veía en los míos el rastro de una palabra nunca dicha, sin sonido, saliendo de mis pupilas como un abrazo.

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vaya pasando el tiempo, más tiempo me llevará. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos. Luego estos se convirtieron en diez, en treinta, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en un crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Cinthya. De la misma forma como se está distanciado del lugar donde se encontraba mi yo de entonces. Solo el paisaje, aquellos pasillos helados, vuelve una y otra vez a mi mente, como la escena simbólica de una película. Aquel exterior vacío sigue sacudiendo, terco, una parte de mi cabeza.

No siento dolor. Únicamente esta imagen hueca que me acompaña y que -lo sé- también se apagará algún día. Así como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Quizá por eso estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

(Murakami es lo máximo!!)



2 comentarios:

_Dr_G_ dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
_Dr_G_ dijo...

Y un día yo también volví a mi facultad, había una muchedumbre de rostros ajenos y me sentí tan solo. Al recorrer los pasillos y en cada grada de los 4 pisos sentía un latido en el corazón cargado de recuerdos, regresé ya no recuerdo para que, pero me asome por todos sus balcones y encontré mi vieja carpeta, la reconocí aun viva pegada a la ventana del aula 302, desde donde se podía ver el patio con los tableros de ajedrez y sus bancas de cemento, o saber cuándo uno de los docentes se acercaba con los exámenes parciales tantas veces temidos y desmadrugados, tantas veces aprobados con miedo, la reconocí por que aún tenía la mancha azul de un cross que me había reglado mi padre el día que ingresé a la universidad.

Te entiendo. Saludos.