
"Al llegar a tu casa pégale a tu mujer. Tú no
sabrás por qué pero ella sí", dijo no sé quién.
Cuando un hombre dice que ama a una mujer casi siempre lo que habla es la voz de sus delirios: ese hombre está atrapado en ideas de sexo, de control. Controlar a una mujer es el sueño de quienes suponen que el sexo es la herramienta ideal para ser felices. Me refiero a los que creen que la pasión es fuerza, que hay que ser dramático, homínido, poderoso. No hay nada más triste que un enamorado así montado en una mujer tratando de controlarla.
La razón es una sola: hay mujeres cuyo sexo es un laberinto y ellas están perdidas dentro. Esas pobres hembras que ponen sus deseos en la mente del macho, igual que una doncella posa su cara ante una laguna, solo para reflejarse con vanidad. Craso error. Cuando un hombre es poseído así -rico o pobre, inteligente o vano- al final enloquece o huye. Y, si por algún motivo insólito, él se figura más fuerte y busca a su amada en el laberinto, salvarla de sí misma para el provecho de su corazón, será peor. Lo que mejor funciona en ellas es el instinto que sabe que los hombres apenas somos perros gruñéndole a la luna en las avenidas. Una tragedia griega si eso llega a suceder. Un niño presa fácil del minotauro.
Por eso, quizá lo razonable sea ir apostando cada día más por lo irracional. Dejar de fraguar sueños y poseer un loco amor sin destino, crudo, impenitente. Un amor que no envenene la sangre ni haga trizas, pero que quizá, al final, asesine. Un amor sin promesas, sin poesía, sin vientre. Quizá acostarse con una mujer que, pasada la noche, milagrosamente amanezca ventana o lápiz o luna. Quizá lo razonable sea que estas palabras no sean razonables.
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Cuántas palabras para decir -como Efraím- que mejor sería volverme un pendejo.

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