sábado 7 de marzo de 2009

El plajero ilustrado

Este post lo escribiré de espaldas. Es decir, mi rostro estará negado al lector mientras duren las palabras. Solo mostraré mi nuca y, en el peor de los casos, el borde de las orejas, las patillas. Solo se podrá ver lo que yo decida mostrar. Como tantos otros, este será un post de vergüenzas y mentiras. Un pequeño texto lleno de gente complicada y triste y adicta a la noche, a las falsas esperanzas y a soñar despierta.

Vergüenza porque durante años fui egoísta, entregado al abismo y a la luna desquiciada. Mentiras porque una tarde descubrí mi sexo en el espejo de mi habitación. Vergüenza porque no fui capaz de pensar en el sexo del resto, en los humildes sobre todo, en los que no tienen qué comer. Mentiras porque me perdí en callejuelas nauseabundas cuando debía amar, solo amar. Vergüenza porque este país se comió vivos a sus mejores hijos, los cocinó con malos hábitos, igual que a mí mi papá. Mentiras porque fallecí muchas veces al final de la noche. Vergüenza porque finalmente no soy normal. Porque, sin pose, no voy a discotecas ni me gusta la pornografía ni hablo del nuevo modelo de Gucci. Mentiras porque quiero ser, y hacer, y decir Santiago 2:17. Vergüenza porque así como había jóvenes que dejaban que las cosas fluyesen y el azar imperase, yo creía que cada 24 horas se acababa el mundo. Vergüenza porque lo que me daba placer ahora me da dolor. Mentiras porque hice fácil las adversidades y me compliqué en las nimiedades. Vergüenza por sentir que, acaso por perfecto, lo perfecto debía siempre de fisurarse. Mentiras porque soy un hombre herido por complicaciones, digamos contradicciones, y me siento bien así. Digamos que bien.
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Es así como yo sigo de espaldas. Hasta ahora nadie me ve. Prosigo: confieso que he sido mediocre. Que no me ha funcionado la materia gris como a veces parecía. Que fui inescrupuloso y tuve amplio apetito de fama. Que fui utilizado por la vanidad de tal manera que casi nunca logré pensar en otra cosa que no fuera en mí mismo, aún en desmedro de mí mismo. Eso he sido. Hago puños, mi nuca se crispa, mantengo el rostro negado. Lo confieso: he hablado a medias, me creí un ángel, escribí perezosamente.
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Pero no. Yo soy un hombre que tiene un hígado y vísceras y un corazón. A ver si eso lo resuelve. A ver si sirve aceptar que me crecen pelos y tengo legañas. Que escupo. Que lloro. Que me gustan las hojas secas y la música antigua y los finales tristes. Maldita sea. Que prefiero la belleza y el amor eternos, los que humanamente no existen. Y sin embargo no. Y sin embargo no.

Es aquí cuando se apaga la luz y, de espaldas a nosotros, se descorren las cortinas. Es aquí cuando mi rostro ladeado, mis ojos sobre todo, se llena de vida. El resplandor de la luna invade esta habitación y yo me animo: sonrío. He decidido contarles esto, desnudarme así. Hacia mí mismo siento vergüenza, uso mentiras, pero tengo compasión. Les he dado la cara.
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El grupo se llama El Cuarteto de Nos.
Fina cortesía de Ani.
...Solo con excepción de "Ya planté café en Nicaragua".

1 comentarios:

cmp dijo...

Impresionante texto
te leo,
saludos