Esta es una carta que nunca llegará a su dueña. Al menos no sobre un papel. Lo que hago ahora es publicarla con cobardía y ardor, casi a ciegas, atosigado por el silencio de mi habitación a orillas del mar. Es, este, un texto final. Déjame ponerme de pie para subirle un poco el volumen a Soda, lejana. Para bajarle un poco la luz a este corazón. El claroscuro total.
¿Sabías que he escrito y escrito y escrito cartas así, papeles sin nombre lanzados a un pozo ciego tras el punto final, simplemente por nada? ¿Simplemente por nada lo cual también significa todo, o acaso, o siempre, pero que nunca envié a su destinatario? He renunciado contigo a todo, menos a la costumbre de pensarte, como te habrás dado cuenta. Campeona de mis momentos míos. Reina de los minutos solitarios, certísimos, en que dejo de lado la máscara y soy este pedazo de literatura barata. Ninguna dueña sino tú, lejana, de mi poderosa voz siempre en off y en guardia. Algo sobrenatural me desplaza cuando tomo la ruta a tus recuerdos. Esta voz callada que sólo tu tristeza comprendió en un chispazo, que sólo tu oído entrevió bajo la jauría de demonios que me atenazaba. Tu mano acariciando en el nerviosismo, tus senos encerrados en una tempestad, tu manera de abrazar cuando nadie te ve.
Perdóname si soy tonto al escribir así. Lo hago con la certeza que esta carta no llegará a tus manos. Me repito: no la leerás, no lo harás. Hago de mi mala literatura una fuga, poesía encarnada, alma anciana como la mía. Fea: eras la madre para este padre, también eso eras. La acariciadora, la abrazadora nata, la madre, la protectora protegida. Publicaré en mi blog este texto, en blanco y negro, esperando ser otro: cabe la posibilidad que esta carta sin matasellos se quede como sus antepasadas: un atardecer que cae pronto, hundido en el océano, y yo fumando-viéndola a lo lejos.
No te acuerdes de nuestra biblioteca, lejana. No de esa casa antes de cenar donde debí haberte hecho el amor en la sala con la comida aún no servida, como una sorpresa. No te acuerdes de lo que no paraba de crecer, del guardián del hielo, de aquel abril, de las letras feas en las notas maravillosas, del tiempo enmarcado, del espérate, del olvido simulado, de Facundo. No recuerdes las pequeñas coincidencias. Más bien dime cómo sacaste todo eso. Hay días que pasan sin nada, meses, siglos, pero luego el recuerdo me regresa renovado. Estoy publicando esta carta con no sé cuánta valentía. Alma fugitiva, reina de alguno más, enséñame cómo. Mira que el hastío me está calcando y no dejo de ser el mismo.

3 comentarios:
La ausencia duele más que cualquier intento de olvido...
Sigo sintiendo la parte blanda de la montaña, pero esta me ha consumido más que nunca.
Entender la sutil diferencia entre la fe y la esperanza...no te lo deseo.
Pensar no hace daño.
Amar hace daño.
Chola horrible: quizá tengas razón. Creo que hoy lo mejor será una vez más el silencio, el siempre buen silencio con una sencilla acotación: ¿te entregó el libro ese lento de Charlie? Si no, pídeselo. Esta buenísimo.
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