
Quiero respirar muy hondo, hasta el límite, y crecer. Respirar tan limpio y suave que mis pulmones se vuelvan de algodón. Quiero tener una medida justa, apretada, rebozante. Ser nuevo. Tratar de alcanzar, alcanzar tratando, que me alcance la sonrisa, el miedo y la sofisticación. Quiero despertar ruborizado y acostarme ilusionado. No rogar, no buscar, no pedir. No quiero mendrugos. Quiero salir a cualquier calle de Lima y asomarme a una ventana, subir una escalera, sentarme en una banca, y que el ruido del tráfico me traiga una buena noticia a mis manos. Naturalmente. Sin forzar las cosas. Quiero que el mecanismo ande con su propio combustible. No afanarme por echarlo a andar con mi propia saliva. Que en realidad el combustible deba ser -tiene que ser- saliva compartida. Eso quiero. Cuidar una semillita. Utilizar agua y tierra nutritiva y mucha confianza en el oxígeno que desechan los árboles contaminados de esta ciudad. Que no haya más pampa ni carreteras peladas en el camino a casa. Necesito eso. Podrá parecer imposible pero eso quiero. Llorar decentemente y que nadie me diga cobarde. Dejar para siempre mis lágrimas sobre dos senos míos, de nadie más, y llenarlos con mi propia alma para así limpiarlos al igual que a mi viejo corazón. Saciarlos de lágrimas pero, también, igual como se pinta una casa, de sudor y sangre y saliva y semen. Colorear los senos de mi vida con todos mis defectos y ansias. Hacerlo respirar desesperada y suavemente. Como un reloj suizo. Que me dé la hora sin yo pedírselo. Mirar arriba y distinguir los detalles de mi casa. Subir, acompañado, una montaña difícil, caerme, levantarme, rasparme las rodillas y cansarme, continuar o desbarrancarme. Ser mejor o peor o absolutamente nada, pero siempre compañero. Quiero planear un asalto, o un viaje al otro lado del mundo, o una after party. Juntar muchísimo dinero. Tener docenas de perros. Escribir para siempre poemas cursis y patéticos. Quiero ser fiel, genial, sexualmente activísimo. Comprar un sublime y no tener que comérmelo porque habré de regalarlo. Que nadie, nadie en la vida me diga que lo único bueno es hacer dinero o fama o nuevas posiciones en los hostales fríos. Solamente no. Que me digan ven, que me digan tengo frío, que me digan es temprano, que me digan estás loco. Encender un fósforo en la oscuridad, luego una vela, luego un candil, y luego una habitación entera, incendiarla primero por las sábanas. Destruir una casa completa solamente con el amor. Maniobrar el fuego como si fuera un libro de Watanabe. Eso. Sí. Vivir una historia como a nadie se le ha antojado. Escribirla en una novela-relámpago y dedicarla con mi mejor letra. Ser masculino. Compasivo y cruel, astuto y crédulo, impredecible. Propietario y propiedad. Telón y telonero. Subversivo y activista. Misterioso y translúcido. Hacer daño y que me lo hagan, pero luego curar y ser curado. Vivir enamorado en Lima hasta ser viejito. Tomar más taxis de 12 soles, y ver más películas fresas, y beber más cafésconleche en mis días de descanso. Una historia acelerada y lenta a la vez, no tiene que ser tan difícil, acelerada sin sentirse, tan lenta como un suave beso de invierno. Sacar mi calculadora a cualquier hora de la madrugada y comprobar dichoso que las matemáticas conmigo nunca serán una ciencia infalible: que uno más uno siempre, a pesar de todo, conmigo, será uno. Eso quiero.
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Escrito por Homo Sentimentalis
Dibujito prestado por Liniers (pero él no sabe - prometo avisarte que sales en este blog, che).

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