viernes, 7 de noviembre de 2008

Instrucciones para saltar de una silla


De puntillas, descorrer las cortinas pesadas y sentir que la luz ahoga los ojos como el beso de una amada. Mirar afuera, pero ya no mirar nada. Es una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. El pico de un edificio sin vida, tráfico plomo, tragedia de viento: y sonreír, a pesar del momento sonreír, un gesto breve, terso y congelado, como el aliento sobre un espejo. La luz del día tiene la misma textura de la cuerda ya lista. Pensar que el tiempo ha pasado. Haber pasado el tiempo pensando que el tiempo ha pasado.
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Entonces cerrar la puerta de la habitación. Entonces decir, no fuerte, decir: "a mí también", y acomodar el tierno cuello. Ser uno mismo, arrogante y deprimido, genial. Haberse subido. Haberse empinado. Haber procurado alcanzar el cielorraso con la tristeza. Haberle hecho un nudo a la vida, encerrándola en sí misma, quedando lejos de cualquier duda. No llorar. No temer lo que se desconoce. Estar lúcido. Excepcionalmente crédulo. No desesperarse. Interesarse en un punto fijo por única vez en la vida.
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Y ser besado. Ah, la voz del viento como una madre. Ese ruido invisible, casi femenino, en el último momento. Qué triste descubrirse así, sin marcha atrás. Qué triste y qué hermoso, qué válido. Solo la rutina de una cama vacía y el par de zapatos viejos junto a la silla que ahora sostiene el cuerpo de pie, a punto de crecer, de erectarse, de abandonarse como una caricia. Jamás gritar. Jamás. ¿Alguien puede entenderme? Entonces saltar, apenas un breve paso de pájaro. Morderse los dientes. Botar un espléndido hilo de saliva, botar el cansancio, botar la mirada para siempre. Volverse total, color negro, por fin sin ansias.