
Hace 10 años atrás yo:
Concluía mi primer año como estudiante en San Marcos, una universidad que me odió a primera vista. Mantenido por mi padre, yo no estaba seguro de nada, salvo de mi vocación. Escribir para mí era un acto religioso, lleno de ritos y complejos. Me gustaba fumar marihuana 30 días a la semana. Vivir atormentado. No obedecer a nadie. Ser rebelde. Tener la razón en todo y sentirme vivo. Yo era un chico que se dopaba con películas serie B y canciones fáciles. Leía a Vallejo, a Rimbaud, a Condorito. Me masturbaba escuchando a Madonna en el walkman. No tenía mujer, no tenía dinero, no tenía ansias. Mucho menos creencias. Era feliz. Estaba muerto y no lo sabía.
Hace 5 años atrás yo:
Le hacía el amor a C. Escribía demasiados cuentos desesperados. Usaba un anillo de compromiso. Manejaba un deportivo rojo. Usaba terno todos los días, maletín de cuero, y trabajaba en un pituquísimo estudio jurídico de Begonias. C me esperaba a la salida de clases con un corazón brillante, trémulo, pequeño entre sus manos. Ambos teníamos secretos que a nadie más le interesaban. También teníamos silencios extraños, difíciles. Odiábamos el Derecho tanto como San Marcos me seguía odiando a mí. Yo, animal, me leía las cartas con una bruja todos los fines de semana. No estaba deprimido nunca. No lloraba nunca. No pensaba en Cristo nunca. Pensaba vanidosamente que mi espíritu era el de un escritor genial, ignorado, maltratado por los concursos estúpidos. Tenía siempre dinero en la tarjeta para regalarle a mi novia un polvo de dos horas consecutivas en algún hotel de lujo. Pero C lloraba, a solas, en silencio, cuando yo dormía, porque en el fondo todo había cambiado. Hace cinco años ambos nos amábamos.
Hace 1 año atrás yo:
Era aprista (eso dicen) y trabajaba 7 horas en un tenebroso ministerio, cuyas antiguas baldosas se cuarteaban a medida que los oficinistas recorríamos los pasadizos llevando y trayendo expedientes, documentos, cartas confidenciales. Mi padre acaba de irse de casa, entregándose a sí mismo como un endemoniado. Mi madre lloraba todos los días pero en silencio, encallecida por años de ingenuo sometimiento. Yo, por las noches, trataba de calmarla, aunque durante el día soñaba con ir al concierto de Soda Stereo y trataba de volver a escribir algo de prosa luego de meses de poesía enfebrecida. Yo no quería saber nada de K. La quería lo más lejos posible. Me sentía débil a su lado, perjudicado, ridículo, enamorado, torpe, traicionado, ansioso, culpable, harto, esperanzado, desdichado y alegre a la vez. Me afirmaba que esa iba a ser la última vez, la última. Qué equivocado.
Concluía mi primer año como estudiante en San Marcos, una universidad que me odió a primera vista. Mantenido por mi padre, yo no estaba seguro de nada, salvo de mi vocación. Escribir para mí era un acto religioso, lleno de ritos y complejos. Me gustaba fumar marihuana 30 días a la semana. Vivir atormentado. No obedecer a nadie. Ser rebelde. Tener la razón en todo y sentirme vivo. Yo era un chico que se dopaba con películas serie B y canciones fáciles. Leía a Vallejo, a Rimbaud, a Condorito. Me masturbaba escuchando a Madonna en el walkman. No tenía mujer, no tenía dinero, no tenía ansias. Mucho menos creencias. Era feliz. Estaba muerto y no lo sabía.
Hace 5 años atrás yo:
Le hacía el amor a C. Escribía demasiados cuentos desesperados. Usaba un anillo de compromiso. Manejaba un deportivo rojo. Usaba terno todos los días, maletín de cuero, y trabajaba en un pituquísimo estudio jurídico de Begonias. C me esperaba a la salida de clases con un corazón brillante, trémulo, pequeño entre sus manos. Ambos teníamos secretos que a nadie más le interesaban. También teníamos silencios extraños, difíciles. Odiábamos el Derecho tanto como San Marcos me seguía odiando a mí. Yo, animal, me leía las cartas con una bruja todos los fines de semana. No estaba deprimido nunca. No lloraba nunca. No pensaba en Cristo nunca. Pensaba vanidosamente que mi espíritu era el de un escritor genial, ignorado, maltratado por los concursos estúpidos. Tenía siempre dinero en la tarjeta para regalarle a mi novia un polvo de dos horas consecutivas en algún hotel de lujo. Pero C lloraba, a solas, en silencio, cuando yo dormía, porque en el fondo todo había cambiado. Hace cinco años ambos nos amábamos.
Hace 1 año atrás yo:
Era aprista (eso dicen) y trabajaba 7 horas en un tenebroso ministerio, cuyas antiguas baldosas se cuarteaban a medida que los oficinistas recorríamos los pasadizos llevando y trayendo expedientes, documentos, cartas confidenciales. Mi padre acaba de irse de casa, entregándose a sí mismo como un endemoniado. Mi madre lloraba todos los días pero en silencio, encallecida por años de ingenuo sometimiento. Yo, por las noches, trataba de calmarla, aunque durante el día soñaba con ir al concierto de Soda Stereo y trataba de volver a escribir algo de prosa luego de meses de poesía enfebrecida. Yo no quería saber nada de K. La quería lo más lejos posible. Me sentía débil a su lado, perjudicado, ridículo, enamorado, torpe, traicionado, ansioso, culpable, harto, esperanzado, desdichado y alegre a la vez. Me afirmaba que esa iba a ser la última vez, la última. Qué equivocado.
Ayer yo:
Bebía un black pop con mango ante las tibias caras enamoradas de Mirla y Jhon. Miraflores flotaba en la neblina. Era una noche hermosa. Pacientemente, sin trazas de polución, la calle limeña se extendía ante la fachada del Café Z como en una escena de película noir. Yo le preguntaba a Mirla: "¿por qué?". Se supone que de ahí debía ir al cumple de Ricardo, hacer tertulia de periodista, comentar discos y libros, fumar algún porro, darle a la cuerda culturosa. Nah. Al día siguiente debía entrar temprano al diario. Tenía algunas notas pendientes. Mirla se quitó con su novio al depa que ambos han alquilado en Pardo y yo caminé solito por una vereda húmeda, resbaladiza y romántica. Un taxi me cobró 16 soles del parque Kennedy hasta mi casa, una de la mañana, y recé.
5 canciones de las que sé toda la letra:
- "Prófugos", de Soda Stereo. Sobre todo (a voz en cuello) cuando Cerati dice: Al menos sé que huyo porque amo...
- "José Antonio", de Chabuca Granda.
- "Al lado del camino", de Fito Paez.
- "El padre Antonio y su monaguillo Andrés", de Rubén Blades.
- "19 días y 500 noches", de Joaquín Sabina.
5 lugares para regresar:
-A la casa de mi abuela, en Mz. H2-13, urbanización Ttio, Cusco. Dormir un día entero en la habitación donde viví cuando era niño.
-La playa de Punta Negra. Mediados de febrero, tipo 5 y media de la tarde. Con mis perros y Mirla y Evelyn y, sobre todo, con mi mamá.
-Al Olivar de San Isidro, pero en agosto de 1999.
-A San Pedro de Lloc. La casa huerta de la tía Clara. Con tamarindos, duendes y lagartijas gigantes. Con caballos, hojarasca y leche fresca.
-A los labios de ella. Regresar a su sonrisa.
5 cosas que me gusta comer:
-Ceviche. Preparado por mi papá.
-Frejoles con salsa criolla. Cocinados por mi mamá.
-Pancita y chunchulíes. En cualquier esquina del Centro de Lima (sí, me hace mal al hígado, lo sé).
-Chicharrones con mote, papas cocidas cortadas en rebanadas y harta yerbabuena con uchucuta. Cocinados por mi abuela.
-Un sublime. Dos sublimes. Tres sublimes...
5 cosas que no me verás usar:
-Un bividí de algún equipo de la NBA.
-Un reloj de oro, o una cadena de oro, o un collar de oro (me trae mala suerte).
-Un pantalón al cuete.
-Un piercing en la lengua o en las tetillas.
-Un par de ojotas de hule de camión.
5 momentos felices en mi vida:
-Cuando mi mamá me abrazó hoy en la mañana, y me aseguró que ella nunca iba a terminar conmigo.
-La mañana que regresé del extranjero a casa, años después.
-Cuando acordé con ella que mi primer hijo se llamaría Facundo (y toda esa época).
-Cuando Cleo dio a luz a Matilda y a Ciro.
-Cuando le di la mano a Mario Vargas Llosa y le dije "gracias" (gracias Esther!)
5 momentos tristes en mi vida:
-Cuando no pude más y rompí en llanto detrás del estadio de San Marcos, solo, los zapatos de tierra, media hora después de acabar con C.
-Cuando supe, con toda certeza, que mi viejo prefirió lo que ha preferido.
-Aquel domingo en que me encontré viviendo completamente solo y acompañado de una hermosísima mujer cualquiera, en una casa preñada de zancudos, en Caracas. Y lo único que tenía era dinero.
-La noche en que murió Lituma.
-Cuando llamé una madrugada a Gian Carlo (él estaba en New York y yo en Panamá) y ambos lloramos abrazándonos por el teléfono.
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La foto es del 2003, hace 5 años. De izquierda a derecha: yo, Gian Carlo (el Gordo), Rubén (el Teniente) y Rogger (el Conchita).

4 comentarios:
Eres un romántico
Me gustó el post
Buen post, pero, para que tus seguidores sepan algo más de ti: ERES UN SONSO- VIVO con una mirada pérfida detrás de tus inmensos anteojos.
Jaime Chau
Hace 5 años, podría asegurar que has conocido, más o menos, las peripecias y estupideces de mi vida, y viceversa.
Hace 5 años recuerdo las tardes sanmarquinas, los pasillos viejos, los amores sanmarquinos, y las penas ahogadas en puchos y frugos en el quiosco del chino.
Hace 5 años compartíamos un futuro tan incierto y desconocido como las mujeres.
Luego de eso, entre Venezuela, Panamá, Colombia, y otros, las distancias quedaron limitadas al hotmail, y su velocidad de rayo.
Ahora, en la acera del frente, con las canas más cerca, y un poco más cuajados (nunca tanto, fibra), no sé si podría decir que la vida se ve diferente. Quizás un tanto. Quizás se pisa más firme, y se fuma menos (me entiendes, no?). La cosa es que hay heridas que siempre quedan, o en todo caso cicatrices sangrantes, a veces, como C. y C., respectivamente. Y también hay buenas noticias, como saber que se llamará Facundo, o saber que tú huyes porque amas, a tal punto que el propio Gustavo te lo vino a decir personalmente.
La pregunta hermano, es cómo serán las cosas mañana? cómo serán las cosas de acá a un año? si la vida finalmente nos ganará la partida de ocho locos que iniciamos en la colina de Derecho, o si nosotros ganaremos la mano.
Si me preguntas qué opino, pues creo que vamos bien, con heridas más, heridas menos, pero bien.
Fabricio, eres un pajero mental... jaja ta chevere el último post. Me ha gustado y, a la vez, despertado curiosidad pues yo no recuerdo qué estaba haciendo hace 10 años... menos ayer.. jeje. Un abrazo y sigue escribiendo.
Kozure
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