domingo, 10 de agosto de 2008

El Señor de los Milagros


(Una voz que clama en el desierto)

Observa ahora, maldito rey, cómo mil de tus hijos se inclinan ante mí como un verdadero dios. Observa cómo me bebo sus susurros, sus lágrimas, la santa locura con que invado sus corazones y les robo sueños y esperanzas, devolviéndoles humo. Fíjate ahora, anciano ciego, arrellanado para siempre sobre un trono altísimo, pedante en tu espléndida sonrisa, cómo tu descendencia amada me invoca creyendo que yo, el desfigurado, soy tú. Los niños me ruegan, las doncellas me acarician. Decididamente se violan entre sí, entonando el falo de sus letanías, y yo me humedezco el sexo con sus lágrimas: ellos me pertenecen. Son míos, míos. Yo me río de ti. Ahora soy tú. Por fin he subido a tu nivel, maldito. Tomo un cuchillo con ambas manos y, como si fuera un loco, me hiero el pecho millones de veces, abriéndome zanjas de luz en el corazón: mira como brillo y soy amado al mismo tiempo. Resplandezco como tú. Otorgo destinos y favores igual que tú. En mi mano la muerte es más atroz que contigo. ¿Me reconoces? Soy el caído. El primogénito que una noche echaste de tu casa. El hijo pródigo impedido de volver a tus riquezas. ¿Te duele, anciano? Sé que sí. Claro que sí. Esta es mi venganza.

(Los reinos de este mundo son míos: se los doy a quien me place)

El infierno consiste en la soledad perfecta. Es la tristeza más increíble. El desamor absolutamente vivo. Un laberinto sin sorpresas. Un desierto sembrado de cadáveres, preñado de vértigo, esférico como un átomo. El infierno -hace frío, demonios- es un túnel que se precipita hacia el fondo de la nada. Lo miro con fascinación: sin embargo, yo he encontrado aquí un hálito de satisfacción. A este suplicio yo lo he amaestrado, lo he hecho mío: no para que deje de herirme, sino para que lo haga con sofisticación... Si el Eterno decidió lanzarme a la profundidad del mundo, sin quitarme la eternidad, fue porque todo en Él viciosamente tiene que ser perfecto: esta tortura lo es. Voy despeñándome, sediento, envuelto en un grito que nadie puede oír salvo mi propio corazón. Sin cansarse, mi horrendo rostro le grita al género humano millones de injurias, con el mismo odio con que un loco se grita así mismo, mirándose al espejo. Es formidable.

2 comentarios:

Marilyn dijo...

Ojalá no estés entre el cielo y el infierno,
Ojalá que no estés en esta tierra, solo espero que estés ahí...donde pueda encontarte y alcanzarte.

boreto8 dijo...

Fíjate que el conflicto es perfectamente entendible, pero quien posee eso que los bogas denominados "discernimiento" posee la capacidad de decidir si vive su infierno terrenal o su salavación eterna... Un abrazo.