Recuerdo a un preso de Lurigancho al que conocí durante mi época de practicante de Derecho, un hombre alto, encorvado y cobrizo, que había violado y estrangulado a su hija, una niña de doce años. Lo habían encontrado después de cometer el crimen, sentado a la orilla de un callejón de los Barrios Altos, con el cuerpo inerte entre sus brazos. Se había entregado sin resistencia, insistiendo únicamente en llevarse a la niña muerta en brazos, para dejarla tendida sobre una mesa, en su casa; todo esto lo hizo, según se contaba en el penal, con infinita ternura. Chuzeado por los presos de más rango, violado consecutivamente por los reos locos-drogadictos, despreciado por los demás prisioneros, no hablaba con nadie. Por las noches se sentaba en un rincón de la pampa de la cárcel con una apacible sonrisa en los labios, que movía a la vez que leía los Evangelios. Con el tiempo, cualquiera hubiese supuesto que el ostracismo remitiría, que su contricción sería aceptada. Pero siguió siendo despreciado y rechazado, no tanto por un crimen cometido hace quince años, sino por aquella sonrisa, en la que había algo tan taimado y tan demente que helaba la sangre del que la veía. Esa misma sonrisa, se decían unos a otros en prisión, de cuando hizo lo que hizo: en su corazón no había cambiado nada. .
¿Por qué se me presenta ahora esa imagen de un hombre a la orilla de la oscuridad, con la niña muerta en brazos, una niña amada hasta el exceso, una niña que fue objeto de tal intimidad que un buen día ya no le estuvo permitido vivir más? Una ternura homicida, un tierno instinto homicida. El amor vuelto al revés como un guante, donde quedan a la vista las feas costuras de su interior. ¿De qué están hechas las costuras del amor? Veo una vez más la imagen del hombre, lo miro con atención a la cara concentrándome no en sus ojos, que tiene cerrados como si estuviera en trance, sino en la boca, que se mueve de modo inapreciable. Pienso que no es una violación: es rapiña. ¿Eso fue? Los padres que devoran a sus hijos, que los crían bien para comérselos después y saborearlos cuando estén listos. Como una delicia.
No, no. Niego con la cabeza como si quisiera desembarazarme de una plaga de demonios. ¿Qué está corrompiendo la integridad de mi alma, lo que insiste en que todo en mí solo es un lúgubre disfraz? En algún sitio, en mi interior, la verdad se ha extraviado. Es como si en el laberinto de mi cerebro, pero también en el laberinto de mi cuerpo -venas, huesos, intestinos, vísceras-, un niño muy pequeño errase sin rumbo, buscando la luz, buscando la salida. ¿Cómo podré encontrar al niño que se ha perdido dentro de mí, cómo voy a darle una voz para que entone una canción?

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada