jueves, 10 de julio de 2008

Foto de portada

Casos así suceden todos los días, no había que ponerse nervioso. La móvil pasó un semáforo en rojo y trituró cerros de basura y botellas vacías. A esa hora, 7 aeme de un domingo cualquiera, pululaban borrachos sin zapatos, soñolientos pandilleros en silencio, atisbando la esquina donde acababa de ocurrir el crímen como quien mira la corriente de un río. Uno de ellos, al vernos llegar, gritó: "ahí están los de la Crónica".

El distrito: La Victoria. El lugar de los hechos: la fachada de la discoteca "El Nuevo Timbalero", point a donde acuden parejas salseras y jaurías de reguetoneros de toda la ciudad. Aunque los casos de violencia no eran raros, un asesinato al amanecer, a boca de jarro junto a la puerta de un local famoso, era algo insólito. Lima, contra lo que puede parecer, ahora se parecía a Caracas o Bogotá.

El fotógrafo que venía conmigo -Carlitos- es todo un profesional. No puede estarse quieto. Saltó a la calle, casi furioso, cuando vimos el cadáver de ese gordo taxista al que un colega, tras discutir por haberle quitado pasajeros en pleno amanecer, le había hundido un balazo en medio de las cejas. Suficiente para dejarlo listo. Ahora al cuerpo lo habían tapado con periódicos en espera del fiscal. Despatarrado junto a las llantas de su herramienta de trabajo, sobre un colchón de coágulos, parecía una res.

Hicimos lo que teníamos que hacer. Carlitos se mordía la punta de la lengua mientras fotografiaba a la esposa enloquecida: una mujer de unos treintipico, azambada a más no poder, que había llegado poco antes que nosotros todavía con las pantuflas puestas. Sacudía el cuerpo tapado de su marido, llenándose de sesos. Cuando sintió los flashes que le reventaban en la cara, aulló: "desgraciado, qué me sacas fotos".
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-Respeto, putamadre -dije yo-. No te das cuenta que le han matado a su marido -me acuclillé a lado de la mujer-. Qué falta de consideración. ¿De qué periódico ha salido este fotógrafo?

-No se moleste -recitó mi compañero, con las tomas ya en su poder-. Ya me voy, señor, disculpe.
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Esa mujer se atragantaba a medida que gritaba. Me agradeció con un largo vagido. Teniendo en mí a un apoyo, alguien que la entendía, me abrazó: entonces cantó como el verdadero asesino. En medio de su crisis respondió a todas mis preguntas. Mi lapicero salvaje sobre mi libreta insaciable. Ellos llevaban cinco meses de casados. Querían tener un hijo. Era un hombre buenísimo.
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Nombres completos, dirección, etcétera. Lo suficiente para las cinco respuestas a las cinco malditas preguntas de siempre. Un trabajo hecho.
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Sin embargo, cuando volví a la móvil -en el asiento trasero como un chiquillo- el fotógrafo estaba rojo.

-Qué fue -le dije-. Somos fuga.

-No, huevas. Ya la regamos. Así no vamos a ir al diario.
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-Qué hablas.
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-Fíjate.

Carlitos me puso la cámara en las narices. Fue rotando las fotos en la pantallita. Era un trabajo con sofisticación: un occiso cubierto con periódicos, bien estirado ante la puerta de la discoteca, desde todos los ángulos posibles. Se distinguía su mano escurriéndose por el costado y la garúa humedeciéndole los zapatos.

-Pero qué quieres. ¿Que lo destape para que saques cerebro reventado? Eso déjaselo a El Chino -abrí la puerta y el chofer se despertó de un salto-. Vamos borrándonos que hay otro en la Javier Prado. Un cojudo se colgó de un poste porque no soportó vivir sin la esposa que lo había hecho cachudo.
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-Qué original -dijo el chofer, encendiendo el contacto.
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Carlitos seguía con la imagen entre las manos. Soltó una risita nerviosa.

-Nada que ver. Fíjate bien. Los periódicos son de La República.

Abrí por completo los ojos: maldita sea. El logotipo de La República, a todo color, sobre la carne cruda. La competencia encuadrada sobre nuestra primicia.
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-Explícale cualquier cosa a la esposa -Carlitos abrió la puerta y taconeó sobre el asfalto-. Yo voy y compro tres Crónicas para arreglar a ese fiambre como se debe.

-¿Vas a poner encima los nuestros, así nomás? ¿Delante de la gente?

-Y qué quieres. ¿Hacerle un cherry a la competencia? Primero muerto.

Lo miré a los ojos. Sentí un frío en la garganta.

-¿Y qué mierda esperas que le explique a la tía? Ahorita se muere también.

-¿Tú recién estás empezando? -Carlitos chasqueó los dedos ante mi nariz-. Ya debes saber qué decirle, no seas pendejo.

Me quedé mirándole el perfil al chofer que sonreía bostezando, sin cargos de conciencia. Tieso, extremadamente serio, regresé al lugar de los hechos. A paso ligero. Ahora una de las hijas se ahbía arrodillado ante el cadáver, y no lloraba: parecía en trance, los ojos fijos en la marca de nuestra competencia.
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Más allá, al fondo, el fin de La Victoria se hundía en un horizonte color-panza-de-burro.