lunes, 30 de junio de 2008

Reset

"Colores Santos"
Cerati / Melero, 1992.

"Un libro terminado es un león muerto", dijo Hermingway cierta vez, ante los micrófonos de los insaciables periodistas. Es una frase genial. La ecribo en este blog mientras hueveo en el msn y escucho a Cerati, para variar. Hoy es lunes, mi día de descanso en el periódico. Estoy solo en casa y la música suena desesperadamente por toda la sala. La canción se llama 'Colores Santos'. Me la sé de memoria desde hace cuatro años:


Te extraño en las tardes, quizá no es amor lo que me hace buscarte
Las decisiones siempre llegan tarde
Las piezas que quedan jamás encajan
Viajando en la luz te quiero abrazar, un beso perfecto, confusos recuerdos.

Sé muy bien que jamás me entendiste y no lo pretendo
Dulce es este viento, sopla en mi corazón
Arrastra olvidos que no regresan
Cambiar las palabras, mejor no jurar, promesas cerradas
Quizá no es amor


Sucede que mi primer libro está ya acabado, a punto de entrar a la imprenta. No puedo creerlo. Hay que dejarse de cosas. También tengo nueva chamba y en la universidad me va de putamadre. Me muerdo las uñas al comprobar que Hemingway tenía una puntería feroz: otra frase suya que tengo en la mente es: "la sensación que uno experimenta al concluir un libro tras años de trabajo es muy parecida a cuando se acaba de hacer el amor: tristeza y alegría al mismo tiempo".

Basta ya. Decido enviar mi libro recién nacido -en un adjunto- a Charlie, Leonardo y Gian Carlo. Ellos sabrán destazarme convenientemente antes de ir a la imprenta con la que, palabras más palabras menos, ya he llegado a un acuerdo. Ellos son mis amigos y saben dónde están los cabos de mi complicada cuerda. Ellos se encargarán de liquidar mi viejo pretexto insoportablemente usado. Los tres, pobres sufridores, están tan hastiados de los convencionalismos como yo. Al mirarlos a la cara es como cuando me rasuro ante un espejo: naturalmente, casi sin dolor, voy sacando de mí resagos inservibles y desechables de mi propia vocación.
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Dos de ellos también fueron sanmarquinos y saben lo que es dedicarse para toda la vida a un oficio tan aburrido como el Derecho. Dos de ellos conocen lo que significa pelearse consigo mismos, a fin de lograr lo incalcanzable. El otro, el menor, el delfín, Leonardo Ledesma, es un pollo cerebral en todo el sentido de la palabra: esconde un talento endemoniado a la hora de escribir sus crónicas, las frases le salen hirvientes como un cuchillo que ha estado mucho tiempo dentro de una brasa al rojo vivo.
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Pero eso no es todo. Le envío mi libro, también, a Ani. Se trata de un mail insólito al otro lado del continente. Ella ahora está en Cartagena, Colombia, dentro de un cybercafé maloliente, y pronto tomará un crucero a través de un océano turquesa y estrepitosamente hermoso, rumbo a Panamá City. Durante su travesía, me cuenta, ella leerá mi texto. Ani es una mochilera de 22 años, argentina y sesentera como ella sola, que conocí cuando pasó por Lima. Ella está cruzando el continente con un espíritu que yo pensaba extinto en este mundo. Supongo que confío en el ojo de Ani. Aunque no la conozco mucho, ya la conozco. Entre salvaje y dulce, entre tímida y turbia, ingenua y malvada, ella se parece a mí. Ambos somos una especie de prófugos demasiado inocentes y complicados. A ver qué le parece el libro. Espero con ansias, sinceramente, sus peores críticas.

Supongo que así se acaba la canción. Así muere la historia. No busco comenzar nada nuevo: simplemente quiero matar lo antiguo, lo que ya no sirve.
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Presiono reset.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me alegra q todo te este saliendo bien.Cuidate.

Anónimo dijo...

yo tambien kiero una copia. lo prometiste