sábado, 25 de agosto de 2007

El Calentamiento Global ahuyenta a los Apus

Trabajar para la administración pública, después de todo, sí me trajo una considerable enseñanza. Hundido tardes enteras entre expedientes indigestos, importantísimos seguramente para una pequeña raza de hombres ventrudos y miopes, que son los que llevan las riendas del país, yo pensaba que el mío era el trabajo más aburrido del mundo. Lo he pensado, ciertamente, durante los meses que llevo trabajando en el Ministerio del Interior, como Asesor Legal en la Dirección de Gobierno Interior, hasta que cierto fin de mes una urgencia de última hora me obligó a viajar de comisión al departamento del Cuzco, y de alguna manera algo cambió dentro de mí. Algo se abrió. Algo encontré en ese viaje que me sacó de la niebla, que me activó las antenas, y me enseñó la verdad sobre la situación climática que padecemos y que, desde la ciudad capital, a veces no nos damos cuenta.
En primer término, las razones del viaje eran sencillas: entrevistarme con algunas autoridades políticas de la zona de Anta, al sur de la capital del departamento, y monitorear el trabajo político de las Gobernaciones más alejadas y con más necesidades. Fue un trabajo fácil, que en algún momento se hizo hermoso por los paisajes que tuve que recorrer en camioneta para llegar a Mahuayani, el último de los poblados planeados. Hondas rayas de cielo resplandeciendo sobre la pampa helada. Parvadas de patillos, de cernícalos, huyendo hacia el horizonte cristalino por el rugido de nuestro motor. Mantas de nieve feroz, salvaje, abrazando a los picos más temibles que vi jamás en mi vida. Mahuayani es, para los pobladores de la región, a una altura de 4.876 metros sobre el nivel del mar, una especie de Meca, rodeada de ralos bosquecillos de ichu y cumbres infértiles. Terminadas mis obligaciones laborales, decidí quedarme un par de días en el pueblo, alojado en un pequeño hotel que tenía una vista melancólicamente azul. El hombrecito que hacía de guardián y conserje, don Medardo Chihuantito Gálvez, con una edad que bien podía estar entre los treinta y sesenta años, la primera noche que bajé a cenar me contó que allí, en Mahuayani, se llevaba a cabo una festividad que por lo general atraía a unos 40.000 visitantes: el peregrinaje religioso conocido como del “Señor de Qoyllur Rit’i”.
El rito, cuya naturaleza literalmente me apresó desde un inicio, es el siguiente: durante una noche de luna resplandeciente, cerca de 200 hombres vestidos con capas de piel y máscaras de lana llevan a cabo una especie de liturgia milenaria (de raíces paganas, y luego asimilada por las formas católicas) subiendo a un glaciar cercano para cortar y arrastrar hasta el pueblo grandes bloques de hielo, cuyas propiedades siempre se han dicho que eran mágicas. Hace poco, estos hombres, llamados ukukus (“osos” en quechua) compartían con familiares y amigos el hielo capturado de las alturas divinas. Qoyllur Rit’i, que significa "nieve resplandeciente" en quechua, probablemente es un rito que comenzó hace cientos de años, pero después, cuando los españoles llegaron y les resultó difícil convertir a la población, se tuvo que inventar un milagro: en 1780, según la tradición, Jesucristo se apareció en el valle disfrazado como un niño rubio, santificando a todo el lugar con un hielo extraordinario. Así nació la fiesta del Señor de Qoyllur Rit’i. No se trata de un simple pedazo de agua congelada, con un incompresible peso trasladado al mundo terrenal por guardianes que entendían designios divinos, si no de toda una costumbre enraizada al colectivo durante generaciones, y que producía ganancias a la zona en lo referido al Turismo y el Comercio. La festividad ha representado siempre una oportunidad de hacer negocios para cientos de vendedores que ofrecen variados platos típicos, mantas de alpaca, falsos huacos y abalorios de cobre, chompas de vicuña y objetos decorativos de la más diversa índole.
Pero, en estos tiempos, cortar el hielo es prácticamente un tabú. "Antes acostumbrábamos a llevarnos el hielo, pero ahora está prohibido", me dijo don Medardo, con un dejo de tristeza que me calaba los huesos. Los hombres-oso, me explicó, descubrieron el último año que el hielo tenía peligrosas rajaduras, así que esa vez sólo una docena de ukukus pudo subir al glaciar. Ellos creen, desde entonces, que su lugar sagrado está desapareciendo. Se trata de algo catastrófico para los pobladores, que aún adoran a las blancas montañas como Apus. En dos décadas, los científicos de Lima y del extranjero han descubierto que el borde del glaciar ha retrocedido 182 metros a lo largo de la pedregosa cuesta que conduce a la iglesia que está en lo hondo del valle. Incluso en comparación con el año pasado (por las postales que venden en los descansos de la carretera, es sencillismo notar la diferencia) el glaciar es visiblemente más pequeño. Es precisamente por eso (y cuando me lo decía, don Medardo no dejaba de quebrar la voz, como si fuera a soltar una lágrima o un rugido) que los hombres-oso, en muestra de su profundo respeto a las autoridades divinas que habitan entre ellos, han decidido no llevarse más bloques de hielo de las montañas.
A don Medardo, me afirmó el día que me despedí, no le sorprende que la nieve desaparezca. "Es porque el Apu se está yendo. Se está mudando lejos de aquí". Así de simple. Para ellos esa es la respuesta. Pocos allí, a ciencia cierta, son conscientes que la desaparición del hielo, y por extensión de este bellísimo rito de nuestra cultura andina, es indiscutiblemente resultado del calentamiento global, esa enfermedad que padece desde hace años nuestra madre tierra a causa de las emisiones de dióxido de carbono y otros tóxicos al medio ambiente. Las Naciones Unidas sostienen, como lo sabemos por el video “Una verdad incómoda”, que el aumento de las temperaturas está provocando que los glaciares se reduzcan en todo el mundo, viéndose los efectos más pronunciados en zonas heladas de países como Perú, que se encuentran en el trópico del globo terráqueo.
Un estudio hecho por el gobierno peruano en el 2003 determinó que los glaciares del país se han reducido en cerca de un cuarto en 30 años. La Comisión Nacional del Cambio Climático pronostica ahora que Perú podría perder todos los glaciares por debajo del nivel de los 5500 metros en los próximos 10 años. Asimismo, en los próximos 30 años todos podrían haber desaparecido. Es realmente grave, aterrador. También, es sorprendente la capacidad de lucidez que, en momentos así, los pobladores de pueblos como Mahuayani tienen para consigo mismos y para el mundo que los rodea. Las implicaciones cosmológicas de la desaparición de la nieve resultan claras en su manera de percibir la realidad. Según un mito local, cuando la nieve desaparezca por completo de las montañas será una señal inequívoca, flagrante, de que el fin del mundo está a las puertas.
Quiero terminar estas pequeñas palabras como las inicié, contando una historia real y que me sirvió también para considerar el peligro al que nuestra generación, y con mayor rigor las venideras, se enfrenta. Hace algunos meses, en los mares del norte de Canadá, se reportó una noticia insólita. Un carguero de sardinas asiático se tropezó en alta mar con un espectáculo aterrador: zarandeados a la mala por la marea helada, boca abajo e hinchados por las primeras señales de putrefacción, un grupo de tres osos polares (una familia, al parecer: el macho, la hembra, y el mediano osito) flotaban sin rumbo en medio de la nada. ¿Qué hacían en esas latitudes, en esas lejanías absurdas, tres cadáveres de una especie cuya presencia se sabe no ahí sino a miles de kilómetros, con visibles muestras de haber sufrido antes de morir? Simple. Jamás encontraron un pedazo de hielo, en medio de su travesía en busca de alimento, donde posarse y descansar. A pesar de la magnífica constitución de estas especies, a esta familia la mató el cansancio. Recordemos que un oso promedio, ni muy grande ni muy débil, está en la capacidad de nadar en el océano entre 200 y 300 kms sin descansar, sólo para alimentarse y regresar luego a casa en una travesía similar. ¿Cuánto fue lo que recorrieron estas víctimas, lo que atravesaron, para caer rendidos y dejarse vencer? Patalearon durante horas, acaso durante días, y en el horizonte ni un mínimo bloque donde detenerse. A pesar de la desesperación, del terror animal, no pudieron jamás comprender que, en la oscuridad, todo eso tenía una espeluznante razón. Que ese mar que antes lo acogía y alimentaba, ahora no era el mismo porque, obviamente, todos los hielos ya se habían descongelado. ¿La culpa? Sencillamente la de otra raza del reino animal, que, no obstante, se jacta de ser más inteligente.
No es el Calentamiento Global un fenómeno alejado. No es una mala noticia que vemos por la televisión en insondables parajes del Caucaso por el derrame de petróleo, ni en alguna península de la Antártida que se despedaza un poco más cada año, ni en las grandes urbes europeas, ni en los mares de Japón. A nosotros, un pequeño país con una democracia incipiente, lacerado por la burocracia y los conflictos sociales, también nos toca de manera sensible. No sólo en Qoyllur Rit’i. En Huaraz, en Ayacucho, en Puno. Lo ínfimo que sobrevive de Pastoruri, Pampa Galeras y la ahora mínima reserva de vicuñas, los nevados que rodean el lago Titicaca y que amenazan con desbordarlo. Tal vez parezca poco lo que desde aquí, desde estas salas con calefacción y enfundados en nuestras ropas del primer mundo, personas como nosotros podemos lograr para cambiar todo esto. Estamos entre amigos, gente con grandes y profundas ganas de cambiar tales daños. Los grandes cambios, recordémoslo, se iniciaron siempre con grandes conversaciones entre amigos que buscan un bien común, como ocurre hoy. Si ahora no elegimos y empezamos por lo propio, por lo aparentemente insignificante, si no iniciamos y sembramos una semilla de respeto, para valorar nuestra casa, la naturaleza y sus magníficos legados y posibilidades, nunca podremos cambiar el futuro que, hasta ahora, es sombrío para nosotros y, sobre todo, para nuestros hijos.

viernes, 17 de agosto de 2007

Iglesias llenas, Prisiones vacías

Nadie en Lima, ni siquiera los más fatalistas, parecía querer pronunciar la palabra "terremoto". Inicialmente, las radios locales, los reporteros lanzados a todos los conos, los montones de gente que se amontonaban bajo los semáforos y los chifas al paso, enfebrecidos, nombraban el suceso con una especie de respeto religioso, como acariciándolo apenas, con cautela, queriendo aminorar la ansiedad y el desorden. Hace instantes se produjo un sismo de gran intensidad en Lima, vociferaban los cables. Un fuerte temblor alborotó la capital hace minutos, gritaban otros. Grave sacudida azotó calles capitalinas, noticiaban por la televisión. Como si nadie quisiera afirmar, a carta cabal, la catadura de la realidad; sin embargo, era comprensible. La verdad no podía ser vista con ojos claros en esos primeros minutos. Las comunicaciones telefónicas habían colapsado. Una mujer obesa, no obstante, acababa de morir frente a mis ojos, en la esquina de la Av. Angamos con República de Panamá: en el momento límite, la desesperación la lanzó fuera del edificio donde cenaba, hijita en mano, y un trailer que no midió las señales de tránsito la estrelló contra un kiosko de periódicos. Muerte instantánea, absurda. La hijita, traumada para toda la vida, quedó con una pierna y tres costillas fracturadas. Era, obviamente, el inicio de la tragedia. Tragedia para los que vivimos en esta parte del mundo... Cómo imaginar que el destino, después, me depararía presenciarla en carne viva, levantando escombros.
Como algunos sabrán, yo tengo una casa en la playa, al sur de Lima, y dos hermanas menores en pocos años. A la primera (que sufre un retardo mental moderado) el sismo la pescó allí mismo, sola mientras miraba una película, pero menos mal que pudo sobreponerse al pánico gracias a la familia y los vecinos que fueron a verla. A mí, el sismo me había sorprendido en medio de clases, en la sólida Facultad edificada hacía pocos meses. Llegué volando en un taxi (el taxista hijo de su madre me cobró setenta soles!), pero quedé más aliviado. La posibilidad de tsunami había quedado atrás y, por ese lado, no había nada que temer. No obstante, el problema vendría por el otro lado: la hermana que me quedaba, Mirla, que acababa de recibir en el aeropuerto al novio recién llegado de Usa. Como es lógico, el gringo había querido descansar luego de la travesía aérea, y ambos habían acordado hacer un pequeño viaje, una especie de falsa luna de miel, por lo que eligieron un paraje relativamente alejado del mundanal ruido, al que habían partido esa misma tarde: la bahía de Paracas, a poco más de doscientos kilómetros al sur de Lima. Nunca antes, y espero que nunca después, entendí bien a bien el significado de la palabra Terror. Ya nos habíamos enterado que el epicentro había sido más o menos por allí, entre Ica y Cañete, y que esa zona estaba totalmente desconectada del resto del país. Fueron los minutos más largos de mi vida, los más enloquecidos, tratando de tender una comunicación vía celular que nunca se dio. Sólo estábamos dos, además de mi hermanita, los vecinos y los sobrinos pequeños: mi primo Moncho, el héroe de las causas perdidas, y yo. Mi madre aún no llegaba del trabajo. No lo pensamos. Agarramos una mochila, metimos lo que pudimos, y salimos a la carretera a parar lo que quisiera pararse y llevarnos al lugar que (ya intuíamos) sería fatídico. Encargué a mi hermanita con una anciana junto a mi casa y me aguanté las lágrimas. Lo que no corrí en el momento justo del terremoto, lo corrí en esos dos minutos que usé para llegar a la autopista.
—¿Pero estás seguro que ella se vino al sur? —preguntó Moncho, en vano, porque ya sabía lo que le iba a contestar.
—Claro que sí. Yo mismo los acompañé hoy a comprar los pasajes.
—Tesumadre —murmuró, tratando de parar algún vehículo.
Un camionero, que transportaba pollos, se apiadó de nosotros. Enrumbamos a toda velocidad. Contar lo que significó el viaje hasta el puente de Chincha, en el kilómetro 170, que había quedado destrozado en varios pedazos, sería redundar en la voz destemplada del periodista de Radioprogramas (que ya hablaba de cientos de muertos y alrededor de 20 mil damnificados), el silencio gélido del apagón general en todo el trayecto, y la crisis mental. Moncho no dejaba de fumar. Yo no dejaba de creer que detrás del siguiente cerro, del siguiente convoy policíal que ordenaba el tráfico, llegaríamos. Lo hicimos mucho rato después, pero sólo hasta el hundido puente. El paso de vehículos pesados era imposible por ahí. Sólo podían cruzar, por un pequeño badén de tierra junto al río, autos particulares. Un colectivo aceptó llevarnos a varios familiares, apiñados como sardinas, hasta la entrada de Pisco. Pisco. La cuna de nuestro trago de bandera. El puerto donde, alguna vez, desembarcó la Expedición Libertadora del general San Martín. Qué ironía. Ahora, ese pueblo era la entrada al infierno. Porque si el infierno tuvo uno, aquí en la tierra, ha debido ser más o menos así. Primero, las chacras mudas, la tosca pista que une ese lugar con la carretera Panamericana. Luego, como espíritus en pena, fuimos entrando poco a poco a las calles devastadas, al griterío generalizado de niñas, de ancianos, que corrían sin sentido por las calles a oscuras, respirando polvo, buscando a sus seres queridos. Menos mal que Moncho cuenta con un olfato canino de supervivencia, además de un celular de última generación cuya pantalla alumbra como un generador de 1000 voltios, y logramos dar con la Plaza de Armas. El colosal montículo de la Iglesia del Señor de Luren, derrumbada a nuestros ojos, se recortó como una escena de "Rescatando al soldado Ryan". Mi hermana no es muy católica, pensé en el acto, y seguimos un curso sin rumbo entre la masacre que acaba de suceder allí. ¿A dónde ir? ¿Con quién hablar? ¿Ante quién solicitar una ayuda? En Lima ni se habían caído casas, casi ni existían víctimas mortales, con excepción de la vieja que salió corriendo y uno que otro piña que no aguantó un ataque al corazón. Un látigo de sangre me golpeó en la boca del estómago. Estaba seguro que allá, en la capital, nadie imaginaba el alcance de lo sucedido en esta parte del país. El mundo era un interminable túnel, pedazos de adobe con los que tropezábamos, astillas de vidrio, cables pelados. La penumbra como una carcajada. El maldito frío de este invierno típico.
—¡Ayúdame! —gritó Moncho de pronto, a mi lado. Se había parado en medio de una calle idéntica a todas las demás.
—¿Qué te pasa? —rugí.
—¡Ayúdame! ¡Agarra esto! —y me dejó el celular en las manos.
Lo seguí con la mirada, congelado: desde una ventana lateral, forcejeando, una persona trataba de ganarle al concreto desparramado el cuerpo (tal vez aún con vida) de otra persona. Me jode muchísimo tener que escribir esto, pero, en ese segundo, aún más allá de mi hermana o de mí mismo, yo no pude dejar de lado el divino egoísmo de mirar, de captar, de asir para no olvidar ese momento insólito. Aquel había sido un negocio de internet público (se notaba por la propaganda en las paredes rotas), y bajo el alerón de la fachada, especialmente incrustado como un insecto gris, sobresalía la cabeza inmóvil de un ser humano, que ahora mi primo y un desconocido trataban de salvar. Un patrullero quebró una esquina y frenó ante nosotros. Bajó un policía con el rostro desfigurado por el miedo. Casi de inmediato, arrastraron el cuerpo hasta mitad de la verma. Para entonces, el celular de Moncho ya había muerto, pero yo alcancé a memorizar ese rostro gracias a los faros del auto. Es sorprendente darse cuenta, de golpe, bajo la noche sin estrellas, que para la muerte no existe el sexo. No era esa la cara de un hombre, tampoco de una mujer. Era un gesto blindado de tierra, una maraña de cabellos que ahorcaban una nariz compacta, deshecha, como de perro envenenado. No, no puede ser mi hermana, me dije, con calma. De pronto otro vehículo sobreparó a nuestro lado: era una mototaxi. Alguien bajó a la carrera, en sandalias, y empujándonos con violencia se arrodilló ante el cadáver. Le rogó, a gritos, que se levantara. El cuerpo de polvo, obvio, aún no había entrado en rigor mortis, por lo que obedeció absurdamente, dejándole caer la cabeza y los brazos sobre el regazo. Más tarde nos enteramos que las sandalias eran las del padre de una adolescente que, desobedeciéndolo, había burlado la vigilancia familiar e ido a chatear con un enamorado virtual.
Busqué al policía alrededor y encontré atravesada la cara de Moncho, que observaba la escena con expresión atroz.
—¡Aquí dentro hay gente viva! —dijo un niño que pasó corriendo.
Miré para todos lados. Cerca, en una esquina cuyos postes yacían arqueados, algunas sombras cargaban a una mujer que profería groserías contra el cielo nigérrimo. Era una gorda, de cualquier edad entre los veinte y los cuarenta años, con un brazo fracturado en varios pedazos. El policía la subió al patrullero y se la llevó.
—¡Aquí, allá! —decían otros, cargando palas, linternas— ¡Hay gente viva aquí y allá!
Me di cuenta qué sucedía. Esa no era una calle como las otras. Ante nosotros, ahí había existido el hotel más famoso del pueblo. El Embassy. Tres estrellas, cinco pisos, más de 70 habitaciones. El exacto pasto para el caos. Antiguas columnas de fierro y concreto desenredándose en los primeros treinta segundos. El piso recién encerado, como la lengua del diablo, en los estrechos, limpios corredores. Los chismes decían que, minutos antes de soltarse la sacudida, un bus atiborrado de turistas (huancaínos, puneños) había estampado sus firmas en el cuaderno de huéspedes. Llenaron el primer y segundo piso, porque los otros estaban repletos por unas promociones secundarias que acaban de llegar a Pisco con el ansia por visitar las Islas Ballestas. Cuando nos acercamos, sin embargo, notamos que allí no había cinco pisos. Veíamos, en ruinas, sólo los tres últimos: el tercero y cuarto, en absoluto diagonales respecto a la superficie de la calle, literalmente habían estallado desde dentro, cediendo a la enardecida presión de las columnas y los capiteles. El quinto —visto desde abajo— más bien parecía el lomo de un desarmado castillo, con los tanques de agua arrancados a la mala de sus lugares. ¿Pero y dónde estaban los primeros dos pisos del hotel? O yacían medio enteros bajo tierra, habiéndose enterrado a sí mismos como enormes sarcófagos, o sencillamente la cantidad de escombros alrededor del edificio (el mayor obstáculo para poder acercarse con facilidad e iniciar la labor de rescate) era lo único que quedaba de los mismos. Es decir, que los dos primeros pisos y la cantidad de vidas dentro habrían sido en segundos aplastados, silenciados por el peso de los otros tres, esfumándolos. ¿Y si mi hermana estaba allí? ¿Y si el gringo, al fin y al cabo, había resultado un fraude y la había traído a este hotel de mala muerte? La enana no lo habría permitido, ella no pisaría un hotel tres estrellas ni muerta. Moncho me jaloneó hasta allí. Un chiquillo, casi a gatas, señaló un hoyo que se había formado junto a la base de una pilastra ladeada:
—¡Una voz! ¡Una voz! —alguien a mi lado movía sin concierto una linterna, yo no logré oír nada— ¡Está allí, un señor!
Entonces, de pronto, el suelo se empezó a mover. Un vozarrón de tierra que subió como desde un gigantesco corazón. Lo único que atiné fue a peñiscar a Moncho, que se había quedado tieso. Una pared se desplomó, a pocos metros, y me preparé a salir corriendo.
—¡No lo hagas! —Moncho parecía un monstruo— ¡Esto se está cayendo!
El patrullero había regresado. Cuando el policía bajó y nos preguntó que sucedía, el movimiento ya había desaparecido.
—Pues las réplicas —dije.
Llegaba más gente. Se cuadraban carretillas, bicicletas, grupos de sombras ofreciendo ayuda para salvar (o recuperar) cuanto era posible. A duras penas, alguien arrastró a un cadáver y lo dejó tendido a pocos metros, como oreándolo. El cuerpo no cerraba los ojos y me sobresaltó sentir que aún lloraba. Su nariz afilada, manchada, la mandíbula colgada, los labios agrietados, ya no eran suyos o nuestros. La muerte sí, pensé, la muerte sí despoja de pronombres al individuo. Eso ya no era él o ella, suyo o mío. Un cuerpo de plástico, de grava, que nunca había tenido vida; sus zapatos, sus orejas, la mugre de sus uñas también eran nada. Quise acercarme pero una voz, salida de la nada, exclamó “mi hijo” y me empujó.
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Escrito en una noche en donde no sucedía nada
Agosto - 2007