Trabajar para la administración pública, después de todo, sí me trajo una considerable enseñanza. Hundido tardes enteras entre expedientes indigestos, importantísimos seguramente para una pequeña raza de hombres ventrudos y miopes, que son los que llevan las riendas del país, yo pensaba que el mío era el trabajo más aburrido del mundo. Lo he pensado, ciertamente, durante los meses que llevo trabajando en el Ministerio del Interior, como Asesor Legal en la Dirección de Gobierno Interior, hasta que cierto fin de mes una urgencia de última hora me obligó a viajar de comisión al departamento del Cuzco, y de alguna manera algo cambió dentro de mí. Algo se abrió. Algo encontré en ese viaje que me sacó de la niebla, que me activó las antenas, y me enseñó la verdad sobre la situación climática que padecemos y que, desde la ciudad capital, a veces no nos damos cuenta.En primer término, las razones del viaje eran sencillas: entrevistarme con algunas autoridades políticas de la zona de Anta, al sur de la capital del departamento, y monitorear el trabajo político de las Gobernaciones más alejadas y con más necesidades. Fue un trabajo fácil, que en algún momento se hizo hermoso por los paisajes que tuve que recorrer en camioneta para llegar a Mahuayani, el último de los poblados planeados. Hondas rayas de cielo resplandeciendo sobre la pampa helada. Parvadas de patillos, de cernícalos, huyendo hacia el horizonte cristalino por el rugido de nuestro motor. Mantas de nieve feroz, salvaje, abrazando a los picos más temibles que vi jamás en mi vida. Mahuayani es, para los pobladores de la región, a una altura de 4.876 metros sobre el nivel del mar, una especie de Meca, rodeada de ralos bosquecillos de ichu y cumbres infértiles. Terminadas mis obligaciones laborales, decidí quedarme un par de días en el pueblo, alojado en un pequeño hotel que tenía una vista melancólicamente azul. El hombrecito que hacía de guardián y conserje, don Medardo Chihuantito Gálvez, con una edad que bien podía estar entre los treinta y sesenta años, la primera noche que bajé a cenar me contó que allí, en Mahuayani, se llevaba a cabo una festividad que por lo general atraía a unos 40.000 visitantes: el peregrinaje religioso conocido como del “Señor de Qoyllur Rit’i”.
El rito, cuya naturaleza literalmente me apresó desde un inicio, es el siguiente: durante una noche de luna resplandeciente, cerca de 200 hombres vestidos con capas de piel y máscaras de lana llevan a cabo una especie de liturgia milenaria (de raíces paganas, y luego asimilada por las formas católicas) subiendo a un glaciar cercano para cortar y arrastrar hasta el pueblo grandes bloques de hielo, cuyas propiedades siempre se han dicho que eran mágicas. Hace poco, estos hombres, llamados ukukus (“osos” en quechua) compartían con familiares y amigos el hielo capturado de las alturas divinas. Qoyllur Rit’i, que significa "nieve resplandeciente" en quechua, probablemente es un rito que comenzó hace cientos de años, pero después, cuando los españoles llegaron y les resultó difícil convertir a la población, se tuvo que inventar un milagro: en 1780, según la tradición, Jesucristo se apareció en el valle disfrazado como un niño rubio, santificando a todo el lugar con un hielo extraordinario. Así nació la fiesta del Señor de Qoyllur Rit’i. No se trata de un simple pedazo de agua congelada, con un incompresible peso trasladado al mundo terrenal por guardianes que entendían designios divinos, si no de toda una costumbre enraizada al colectivo durante generaciones, y que producía ganancias a la zona en lo referido al Turismo y el Comercio. La festividad ha representado siempre una oportunidad de hacer negocios para cientos de vendedores que ofrecen variados platos típicos, mantas de alpaca, falsos huacos y abalorios de cobre, chompas de vicuña y objetos decorativos de la más diversa índole.
Pero, en estos tiempos, cortar el hielo es prácticamente un tabú. "Antes acostumbrábamos a llevarnos el hielo, pero ahora está prohibido", me dijo don Medardo, con un dejo de tristeza que me calaba los huesos. Los hombres-oso, me explicó, descubrieron el último año que el hielo tenía peligrosas rajaduras, así que esa vez sólo una docena de ukukus pudo subir al glaciar. Ellos creen, desde entonces, que su lugar sagrado está desapareciendo. Se trata de algo catastrófico para los pobladores, que aún adoran a las blancas montañas como Apus. En dos décadas, los científicos de Lima y del extranjero han descubierto que el borde del glaciar ha retrocedido 182 metros a lo largo de la pedregosa cuesta que conduce a la iglesia que está en lo hondo del valle. Incluso en comparación con el año pasado (por las postales que venden en los descansos de la carretera, es sencillismo notar la diferencia) el glaciar es visiblemente más pequeño. Es precisamente por eso (y cuando me lo decía, don Medardo no dejaba de quebrar la voz, como si fuera a soltar una lágrima o un rugido) que los hombres-oso, en muestra de su profundo respeto a las autoridades divinas que habitan entre ellos, han decidido no llevarse más bloques de hielo de las montañas.
A don Medardo, me afirmó el día que me despedí, no le sorprende que la nieve desaparezca. "Es porque el Apu se está yendo. Se está mudando lejos de aquí". Así de simple. Para ellos esa es la respuesta. Pocos allí, a ciencia cierta, son conscientes que la desaparición del hielo, y por extensión de este bellísimo rito de nuestra cultura andina, es indiscutiblemente resultado del calentamiento global, esa enfermedad que padece desde hace años nuestra madre tierra a causa de las emisiones de dióxido de carbono y otros tóxicos al medio ambiente. Las Naciones Unidas sostienen, como lo sabemos por el video “Una verdad incómoda”, que el aumento de las temperaturas está provocando que los glaciares se reduzcan en todo el mundo, viéndose los efectos más pronunciados en zonas heladas de países como Perú, que se encuentran en el trópico del globo terráqueo.
A don Medardo, me afirmó el día que me despedí, no le sorprende que la nieve desaparezca. "Es porque el Apu se está yendo. Se está mudando lejos de aquí". Así de simple. Para ellos esa es la respuesta. Pocos allí, a ciencia cierta, son conscientes que la desaparición del hielo, y por extensión de este bellísimo rito de nuestra cultura andina, es indiscutiblemente resultado del calentamiento global, esa enfermedad que padece desde hace años nuestra madre tierra a causa de las emisiones de dióxido de carbono y otros tóxicos al medio ambiente. Las Naciones Unidas sostienen, como lo sabemos por el video “Una verdad incómoda”, que el aumento de las temperaturas está provocando que los glaciares se reduzcan en todo el mundo, viéndose los efectos más pronunciados en zonas heladas de países como Perú, que se encuentran en el trópico del globo terráqueo.
Un estudio hecho por el gobierno peruano en el 2003 determinó que los glaciares del país se han reducido en cerca de un cuarto en 30 años. La Comisión Nacional del Cambio Climático pronostica ahora que Perú podría perder todos los glaciares por debajo del nivel de los 5500 metros en los próximos 10 años. Asimismo, en los próximos 30 años todos podrían haber desaparecido. Es realmente grave, aterrador. También, es sorprendente la capacidad de lucidez que, en momentos así, los pobladores de pueblos como Mahuayani tienen para consigo mismos y para el mundo que los rodea. Las implicaciones cosmológicas de la desaparición de la nieve resultan claras en su manera de percibir la realidad. Según un mito local, cuando la nieve desaparezca por completo de las montañas será una señal inequívoca, flagrante, de que el fin del mundo está a las puertas.
Quiero terminar estas pequeñas palabras como las inicié, contando una historia real y que me sirvió también para considerar el peligro al que nuestra generación, y con mayor rigor las venideras, se enfrenta. Hace algunos meses, en los mares del norte de Canadá, se reportó una noticia insólita. Un carguero de sardinas asiático se tropezó en alta mar con un espectáculo aterrador: zarandeados a la mala por la marea helada, boca abajo e hinchados por las primeras señales de putrefacción, un grupo de tres osos polares (una familia, al parecer: el macho, la hembra, y el mediano osito) flotaban sin rumbo en medio de la nada. ¿Qué hacían en esas latitudes, en esas lejanías absurdas, tres cadáveres de una especie cuya presencia se sabe no ahí sino a miles de kilómetros, con visibles muestras de haber sufrido antes de morir? Simple. Jamás encontraron un pedazo de hielo, en medio de su travesía en busca de alimento, donde posarse y descansar. A pesar de la magnífica constitución de estas especies, a esta familia la mató el cansancio. Recordemos que un oso promedio, ni muy grande ni muy débil, está en la capacidad de nadar en el océano entre 200 y 300 kms sin descansar, sólo para alimentarse y regresar luego a casa en una travesía similar. ¿Cuánto fue lo que recorrieron estas víctimas, lo que atravesaron, para caer rendidos y dejarse vencer? Patalearon durante horas, acaso durante días, y en el horizonte ni un mínimo bloque donde detenerse. A pesar de la desesperación, del terror animal, no pudieron jamás comprender que, en la oscuridad, todo eso tenía una espeluznante razón. Que ese mar que antes lo acogía y alimentaba, ahora no era el mismo porque, obviamente, todos los hielos ya se habían descongelado. ¿La culpa? Sencillamente la de otra raza del reino animal, que, no obstante, se jacta de ser más inteligente.
No es el Calentamiento Global un fenómeno alejado. No es una mala noticia que vemos por la televisión en insondables parajes del Caucaso por el derrame de petróleo, ni en alguna península de la Antártida que se despedaza un poco más cada año, ni en las grandes urbes europeas, ni en los mares de Japón. A nosotros, un pequeño país con una democracia incipiente, lacerado por la burocracia y los conflictos sociales, también nos toca de manera sensible. No sólo en Qoyllur Rit’i. En Huaraz, en Ayacucho, en Puno. Lo ínfimo que sobrevive de Pastoruri, Pampa Galeras y la ahora mínima reserva de vicuñas, los nevados que rodean el lago Titicaca y que amenazan con desbordarlo. Tal vez parezca poco lo que desde aquí, desde estas salas con calefacción y enfundados en nuestras ropas del primer mundo, personas como nosotros podemos lograr para cambiar todo esto. Estamos entre amigos, gente con grandes y profundas ganas de cambiar tales daños. Los grandes cambios, recordémoslo, se iniciaron siempre con grandes conversaciones entre amigos que buscan un bien común, como ocurre hoy. Si ahora no elegimos y empezamos por lo propio, por lo aparentemente insignificante, si no iniciamos y sembramos una semilla de respeto, para valorar nuestra casa, la naturaleza y sus magníficos legados y posibilidades, nunca podremos cambiar el futuro que, hasta ahora, es sombrío para nosotros y, sobre todo, para nuestros hijos.

