domingo, 10 de enero de 2010

Renunciar


Preferible el revólver, pensó el anciano mirándose al espejo con los ojos cerrados. Tenía 23 años de edad. Vestía una casaca jean que alguna vez tuvo el cuello liso y suave como la piel de una vaca, pero que la lejía y los años habían convertido en el lomo de algún animal desconocido, casi alopésico. No quería llorar. Se mantenía de pie ante la superficie que lo duplicaba, con una tenacidad adolorida, casi desesperada, pequeño y sencillo hombre que en su vida no ha tenido nada mejor que los deseos. Como si despertara de un sueño, abrió los ojos y se miró: rojos, las ojeras escarlatas, los secos labios que no le hablaban. Era un anciano, no cabía duda. Una arruga rajaba su rostro entre las cejas. Hacía mucho que sus pómulos habían perdido el brillo. Las aletas de la nariz le dolían. Tenía 23 años de edad.

Recordó que alguna vez pensó en un cuchillo. También en pastillas, en dolorosos tónicos que lo sumergirían en un sueño que duraría una noche eterna. En sus momentos más oscuros había imaginado una soga y su lengua trabada entre los dientes. Sin embargo, si había que renunciar a todo, al sufrimiento y a la locura y hasta al dolor de ver cerrar su respiración con el reflejo de su mundo diciéndole adiós por las espaldas, todo eso también debía desaparecer. Qué cobarde decir esto. Qué antiestético. Qué mediocre. Quizá era eso lo que quería: renunciar también a la poesía. Sus sesos escupidos en un segundo contra el mostrador de ese restaurante donde hoy atendia clientes bigotudos y pitucones, tla sangre huyendo de sí misma, un río lleno de vida que se zafa del cauce, que se rebela, que destruye. El gatillo temblando y su sonrisa congelada para siempre: la pesadilla. Pero ningún dolor. Eso. Eso.

Abrió la boca. Parecía que iba a gritar pero se limitó a estirar una mueca ovalada, que le arrancó una sonrisa. Llevó las manos a la llave del agua. Con la misma expresión que si mordiera un limón, se lavó la cara. Los pelitos de sus mejillas se erizaron. Entonces, taconeando fuerte, dio media vuelta y regresó al trabajo. Era junio. Él servía cafés a mochileros y parejas de estudiantes en una esquina de Schell, en Miraflores. Desde que ha empezado a hacerlo, hace menos de dos meses, nunca ha equivocado un solo pedido.

*Capítulo 3, de cierta novela en construcción.

Una década

Sin ningún orden de importancia, estas son mis 10 canciones de la década que se fue.

1) Qué nos va a pasar, La Buena Vida.



2)Más de 100 mentiras, Joaquín Sabina.



3)Es por ti, Cómplices.



4)Vuelta por el universo, Gustavo Cerati.


5)Drive, The Cars.



6)Enjoy The Silence, Depeche Mode.



7)Inmortales, Cementerio Club.



8)El Padre Antonio y su Monaguillo Andrés, Rubén Blades.


9)Prófugos, Soda Stereo.



10)Paranoid Android, Radiohead.




*Creo que no importa si las canciones fueron escritas antes del 2000. El tema es que yo las (re)descubrí dentro de los últimos 10 años, y eso basta. Cada una, por supuesto, es una escena indeleble. Eso que un día fue, de verdad, un hola, un quédate, un te adoro, o un adiós. Las razones no se dicen, solo son.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Demoliendo Hoteles (reloaded)


Yo que nací el mismo día, a la misma hora, con cuatro minutos de diferencia, de Vargas Llosa. Yo que puedo recordar un almuerzo familiar con meses de nacido. Yo que recuerdo también (o quizá fue un sueño) cuando un loco destruyó las lunas del cuarto de mis viejos, y los pedazos cayeron sobre mi cunita. Yo que crecí con una idea fija, con un corazón bueno, pero sin ningún don especial. Yo que escribí mis primeras cosas en el cuaderno de matemáticas. Yo que tengo un hueco en el pecho, entre las costillas, en medio del corazón. Yo que viví los peores veranos que puede tener un chico de 17 años, encerrado en casa, viendo películas de Lynch como un poseso, mientras mis primos cantaban al aire libre. Yo que odiaba el olor del mar, los mediodías en familia, las chicas en bikini. Yo que esos años fui visitado por un demonio tristísimo, que sólo me miraba. Yo que alguna vez creí que era versátil. Yo que sufrí tragedias bíblicas y gocé triunfos olímpicos, y leí a Bukowksi como un desesperado, a Vallejo como un seminarista. Yo que a los seis me encerré en el baño del colegio con mi compañera de carpeta, y, tras bajarle el buzo, la inspeccioné como un urólogo. Yo que no entiendo cómo hacen ciertas mujeres para desprenderse de un mal recuerdo. Yo que maté un gato a patadas cuando tenía ocho. Yo que fui capaz de pegarle a un amigo porque dijo que un cuento mío le parecía el trabajo de un burgués. Yo que ingresé a San Marcos en el puesto doce. Yo que comí de mi propia carne habiendo tomado, despiadado, largas horas para desmenuzarme. Yo que estuve a punto de hacer un pacto con Lucifer. Yo que salvé una vida cuando un trailer destrozó la cabina de un Maleño, haciéndole un torniquete con mi camisa a la arteria que teñía el asfalto. Yo que no dudé en vengarme, en pagar el doble, en pensar con vértigo. Yo que he hecho muchísimas cosas a escondidas. Yo que pensaba de niño que era gay porque adoraba el peinado de Gustavo Cerati. Yo que estudié Derecho por desconfianza a mi corazón, y que ahora hago Periodismo por desconfianza de mi juventud. Yo que jamás, jamás seré simpatizante de Alianza Lima, ni del Señor de Los Milagros, ni del Cerro San Cristóbal, ni de las camisas floreadas de cobrador. Yo que amo a Lima Cuadrada, eso sí, y me gusta pararme en las esquinas a leer los antiguos nombres de las callecitas. Yo que creo en Cristo como mi salvador por gracia. Yo que lo antes posible quiero comprarme un caballo de paso, y un velero, y una casa rodante, y una ventana en un vigésimo piso, y una máquina de golosinas para mi habitación. Yo que fui el típico lorna educado a la cuzqueña, con ternura, con temores, con culpas, y que jamás me masturbé hasta los quince, ni he usado cocaína ni pepas ni busqué la felicidad destruyéndome todos los sábados. Yo que sí fume un porro, muchos en realidad, pero ya de viejo e inducido por mí mismo. Yo que no he necesitado de ningún malvado que me enseñe cosas malas. Yo que morí muchas veces al final de la noche. Yo que un día amé mi hueco en el pecho porque me amó una mujer. Yo que he escrito un libro de cuentos sin publicar, y otro de poemas sin regalar. Yo que soy capaz de vomitar cuando veo una cucaracha. Yo que soy un poco terco, y un poco nerd, y un poco romántico, y bastante bipolar. Yo que he robado libros, vueltos, anillos, corazones, y no los he devuelto hasta el día de hoy. Yo que he hecho llorar desesperadamente, que he provocado orgasmos inenarrables, que he hecho el ridículo en la cama de la manera más vergonzante. Yo que algún día tendré un hijo. Yo que nunca me baño los domingos, y me rasuro el pubis cada tres días, y siempre pienso en cómo será el día de mi muerte. Yo que he saltado de un barco, que me he abandonado a la corriente. Yo que me arrepentí, que me eché la culpa de todo, que inventé excusas. Yo que me embriagué hasta el vacío. Yo que tantas veces simulé comenzar de nuevo, tratando de olvidar. Yo que no quiero estar triste nunca, nunca más. Yo que algún día -lo sé- tendré otra oportunidad.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Técnicas para protagonizar una canción de The Cure

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Se hartó de confiar sin condición. Se hartó de ser el tierno y estúpido héroe. De amar por sobre todas las cosas (y del vino) porque más allá nada es posible. Porque allá el camino se hunde en un horizonte que es trampa, precipicio. Se hartó de que los sueños no deban, no puedan durar.

Está cansado de hacer el amor confiando en alguna certeza. En el poema, en el vientre, en el mal paso vencido, en la concatenación de ciertas esperanzas. Se cansó del espérate. Del quédate. Del tengo frío. Del sírvete. Ya no quiere más que la música diga siempre, siempre, ese nombre. Que una calle al tardecer se estire más allá de lo aguantable. De ser perfecto, curioso, crédulo. De acariciar una panza no suya, sonriente y silenciosa panza cómplice, pensando en volverse tan puro y exquisito como para hacer el amor solo con la mirada.

Ya no soporta ser puntual, tener buena memoria, descifrar el renglón adecuado. Ya no aguanta más las cartas escritas en un block Justus, esas sorpresas bien planeadas, ese guiso de letras que resulta tan fragante. Odia a Vargas Llosa. Odia a Vallejo. Odia a Ribeyro. Detesta con todas sus fuerzas a Blanca Varela. Quiere escupir sobre las putas y los prostíbulos de Humareda. Decirle a Soda que en realidad ser prófugo nunca sirvió de nada. Ya no más la cautela, la verborrea, la voz baja. Se siente tonto por haber llegado temprano con un libro dentro de la flor. Con una metáfora dentro del cumplido. Con una única dirección.

Quiere cantar, cantar hasta perder la conciencia. Dejar la inocencia en una página como esta, severa, cerrada, lúcida. Ser luminoso y cruel hasta olvidarlo todo. Quiere no pensar. No mirar. No decir.

Pero fíjense: y, sin embargo, está. Persiste suavemente mientras, leyendo, este rostro de chico bueno sonríe como un chico bueno. Tocando fija, obsesionadamente. Y con un solo empeño: escribe.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aguja en el pajar

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Sabes?
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Tampoco soy intelectual. Tampoco tengo dinero. Tampoco soy cool. Solo soy un tipo al que se le pone la carne de gallina cuando escucha Needle in the Hay, mientras Richie Tenembaun se afeita completamente. Checa este video para que sepas a qué me refiero.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Identifac



Cuando es de noche y nadie lo ve, X se para desnudo ante el espejo de su habitación. Sin gesto en el rostro, imagina que nadie se turbará si un día decide así escuchar clase o irse a trabajar. Le gusta creer que de esta manera le será más facil saludar a sus amigos con un abrazo. Repasa las caras de asombro de quienes lo mirarían, el escándalo en las esquinas, el terror de los pasajeros en las combis. No le importa el frío de las altas horas. Él es así. Mientras se observa las pecas de las clavículas, la marca de sus vértebras o el rasurado vello púbico, decide -pero no sabe cuándo- que si le devolvieran el gesto, sería feliz. Una especie de loco que en la vida no tiene nada más importante que su mirada.

X se siente en paz cuando está solo consigo mismo. No le ha contado a nadie este secreto anhelo porque no quiere que lo confundan con un exhibicionista o un degenerado. Solo juega con la idea de que es irresponsable y que, seguramente, lo hará al día siguiente. En realidad es como un ritual extraido del difuso recuerdo de alguna vida pasada: su cuerpo como un libro muy suave, de tapa sensible al tacto, cuyas páginas están llenas de palabras simples. X detesta la elaborada poesía y los párrafos técnicos. Ahora, en esta vida, en esta página, él solo quiere experiencias de todos los días, comunes y corrientes, escritas por la misma caligrafía. Pero mejor aún si todo eso viene acompañado con el silencio. Con callarse la boca para no tener que decir alguna tontería.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Carta sin fin


Querido Mario.

Apuesto a que no recuerdas cuando nos conocimos. Ocurrió en el 89. Era Navidad y yo vine a Lima a pasarla con mis primos en la playa. Mi viejo me sorprendió con un Maxplay nuevito: cómo olvidar ese tesoro plomo, oliendo a nuevo. Tú como un bebé junto a tu hermano. Quizá solo el delirio que me causó leer Conversación en la Catedral, años después, se puede comparar a lo que sentí al tenerte entre mis manos. Contigo, amigo mío, contigo yo fui el niño más feliz del mundo mundial.

¿Te acuerdas cuando casito mi profesora me ampaya en el vicio que abría cerca de la Plaza San Francisco? ¿Ese por el Portal de Panes, recuerdas? Yo debía estar en tercero o segundo de media, y en una de las tantas vacas que inventé con mis broders la gasté dándole duro a la palanca. Muy pocos podían hacerme la pelea cuando tú y yo eramos uña y mugre: quizá porque podías volar sin más ayuda que la de tu cola, o porque brillabas como una moneda de oro cuando derretías a tus enemigos, o porque salvabas al mundo con la sola potencia de tu corazón. El caso es que esa mañana el lugar estaba repleto de lobos como Vargas, el Chancho, Pacholas, tipejos de la peor calaña, criados con sirvientas y gollería de hijitos de papá. Ya te imaginas sus caras cuando vieron a la maestra con las manos en la cintura, acompañada del auxiliar, de un tombo y del chofer del bus del cole, presta a sacarlos de las patillas.

Exactamente fue cuando estaba por pasar el mundo del desierto. Ese que tenía ladrillos vivos que se abalanzaban sobre ti, frente a las pirámides. ¿Recuerdas? De repente oí la voz de uno de mis patas que gritó "la profe!". Te juro que los huevos se me subieron hasta las cejas. Mis cuadernos los había dejado puestitos encima de la máquina, así que solo atiné a tirarlos con una mano, lanzarlos hacia atrás, hacia los cables del armatoste. Me zambullí a recogerlos. Claro que fue un movimiento cojudo, pero el hecho es que resultó. Hice la finta que los recogía y me escondí. Cuando asomé la cabeza, el lugar era un cementerio. Excepto la cara de acné del tío que nos vendía las fichas, no había nadie. Recuerdo que era una maestra joven, bonita, que tenía fama de aprobarte en los exámenes si le rogabas o le contabas 'una triste'. Al día siguiente de hecho que fui a clases, y todos mis patas tenían papeletas y llamadas a la dirección. Por supuesto que el susto me duró un par de días y ahí nomás regresé a las andanzas, aumentado y corregido.

También he recordado no sabes a quién: a Margot, la chica que atendía un vicio de por mi jato. Tienes que acordarte de ella: tres años mayor que yo (cuando tienes 12 y la flaca 15 la diferencia es sideral), que, según las malediciencias, "ya había tirado" con un vejete de veintiuno que estudiaba en la Universidad de San Agustín de Arequipa. Pese a tan escandaloso prontuario (te hablo de Cusco 1992) yo me cagaba por ella. Quizá por el hecho de que ya era una mujer con todas sus letras y yo apenas un chiquillo –tres o cuatro pendejos tímidos- que se acuchillaba ni bien mi abuela apagaba las luces. Claro que alguna vez tuvimos nuestras cosas, piquitos, agarraditas de mano, pero nada más. Esa era la época nuestra, Mario, y también de Top Gear y su pista en Machupicchu. Margot era lobaza con el auto blanco. Nunca comprobé si la chismosería de mis patas era cierta. Entonces yo era más ganso de lo que soy ahora, y jamás intenté agarrarle ni siquiera la cintura cuando jugábamos. Mis manos de entonces, suavísimas, solo sabían darle duro a mi joystick.

Pero no me arrepiento. Vaya si le sacaba el jugo a los recuerdos. Los maestros del Atari debieron quedarme chicos cuando, a solas, me ponía a evocar a la pecosísima Margot a mi lado, gastando sus nitros conmigo como si fueran besos… Me acuerdo que tenía lunares en el pecho, y cuando salía sol se ponía unos malditos polos de cuello V que me dejaban literalmente hecho un huevón. Fueron unos meses inolvidables, quizá de los mejores de mi adolescencia. Margot y yo salíamos juntos a pasear a su perro, a comer marcianos y a jugar mundo, lingo, y algo medio parecido a policías y ladrones que los del barrio llamaban "Enatru". Me acuerdo que yo le decía "honguita" y ella me decía "chaparrito". Hasta que un día se fue a vivir a Cochabamba con su viejo, que era medio milico, y cerraron el vicio y su jato quedó en tinieblas. Nunca más la vi. Le perdí el rastro.

Querido Mario, ayer volví a escogerte de entre los recuerdos de mi habitación. Tu cara bigotuda, tus tirantes de gasfitero, me han traido imágenes desmayadas, refundidas, de cuando eras mi super pata. ¿Te acuerdas de aquellos años? De cuando Browser se cagaba de risa luego de hacer las tareas, y Toad -ese maldito cabezón- nos tenía podridos cuando al fin de un stage repetía que tanto esfuerzo había sido en vano porque la verdadera princesa estaba cautiva en el siguiente castillo.
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Amiguito, este post no tendrá un final para el aplauso. Aquí queda. Inconcluso como la historia que cuenta.

sábado, 12 de septiembre de 2009

La soñada privacidad


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Con razón o sin ella, yo solo he vivido para escribir. Mal que mal, la Literatura ha sido para mí el filtro de la experiencia desde que era un niño: desde el temor a un castigo paterno hasta la noche de amor más ensoñada, o desde la caricia de la soledad en el extranjero hasta la tosquedad de la algarabía de mis amigos y primos. Sexo, pánico, creencias, alma, desde el inicio de mi vida todo ha pasado por mí a través de una página escrita en word o bond. La expectativa de un cuento o un post -aún mal escrito- ha refinado mi realidad vivida y, estoy seguro, la ha mejorado. Siempre. No me importa la posibilidad de haber inventado una mentira en base a una percepción extraña de las cosas. Mi imaginación, mi alto corazón de niño viejo, es lo que determina, provoca, las "situaciones reales de mi vida".
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Es así que me declarado en contra de para quienes la silla es solo silla, la montaña siempre estuvo allí, la nube flota pero obedece las leyes de la física. Los que piensan la realidad con la yema de los dedos. ¿Hay cosa más triste que un hombre para quien la vida es solo una larga avenida con tráfico, dinero, informes, y un fin de semana en algún resort exclusivo? Sin embargo, también voy contra los que solo sueñan y sueñan con los ojos abiertos. Esos cuya mente es una amplísima sala sin muebles que se va llenando, poco a poco, con puras percepciones. Ellos dicen: el mundo-mundo sí existe, pero no significa nada si no pasa por el tamiz de la mente-mente. La subjetividad lo colorea todo, lo modela todo, dicen, pero yo ahí veo un detalle: las manos de la subjetividad serán muy suaves, bellas incluso, pero demasiado arbitrarias.

Hay una tercera clase de personas en la que me incluyo junto a mi pequeña Literatura. Una tercera dimensión en donde mi yo se sumerge en el contacto con el exterior. Es decir, que forma parte de algo que no es ni paradoja ni imposibilidad, y que se llama individualidad colectiva. Ya lo dijeron ciertos ciudadanos del mundo: esa esquina en donde uno se siente más cómodo, más satisfecho, en mejor consonancia con un único gran mundo que al mismo tiempo es tierra y césped, beso y cachetada, orgasmo y trabajo duro. Es en esa individualidad compartida donde yo y lo que escribo hallamos a quienes realmente queremos.

Así, la realidad para mí es como una estrella de tres puntas (cosa difícil): la materia, la psique y la cultura. La realidad material, la realidad subjetiva, y la realidad del encuentro de mi yo con el mundo. Yo, al menos, eso pienso. Detesto encasillarme. No me gusta sacrificar ninguna de estas instancias así sea en aras de un fin "superior". Solo cuando las tres se hacen presentes en mi vida, mi vida que a fin de cuentas es solo un papel escrito por mi mano mano, puedo decir que soy feliz. Que soy, a fin de cuentas, lo único que he sido desde que tengo uso de razón: un niño viejo, y viceversa.
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Por eso es que ahora este blog dejó de ser público y lo comparto solo con la gente que deseo.
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PD: La canción se llama 'Una Larga Noche'... Chabuca no pudo haberlo dicho mejor...

miércoles, 12 de agosto de 2009

Transcrito de un blog secreto


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Al lado de la cama estaba mi mochila, lanzada sobre el piso con la desesperación del sexo inminente. Mi casaca colgaba a la mala de la silla. Pero sobre el escritorio reinaba un orden absoluto. Entreabrí las cortinas y bajé la mirada a la calle desierta. A esa hora, todos los negocios miraflorinos tenían la puerta metálica bajada. Tras los vidrios del Vivanda, las máquinas cobradoras, alineadas, como agazapadas, aguardaban con paciencia el amanecer. De vez en cuando el chirrido de algún taxi o las pisadas de un gato hacían vibrar el aire. Se me ocurrió tomar un libro de la sala y leer algunas horas. Sin pensarlo, bajé y rebusqué en el mueble atestado de libros que había allí. No me apetecía ninguno pues había leído la mayoría. Al final, me decidí por una versión pirata de Tokio Blues. Busqué la botella de vino y, tranquilísimo, me puse a leer.

El alcohol me tensó el cuerpo. Pero el sueño se resistía a visitarme. Sentado en una sala ajena, que conocía por primera vez, entre trago y trago, avancé casi la mitad de Tokio Blues. Lo había leido el año que fui mochileando por hasta New York. Y ahora, cinco años después, lo releía a medianoche, en casa de una chica cuyos padres había viajado, vestido con un pulóver ajeno que me iba demasiado pequeño. Qué tal, pensé, qué extraño. De no haber pasado por esta noche jamás habría vuelto a leer este libro.

Casi sin darme cuenta, el cielo empezó a clarear. Fui a la cocina, me lavé la cara, y escribí sobre un block imantado en la superficie del refrigerador: “He bebido lo que quedó del vino y me robé Tokio Blues de tu estante. Ya ha amanecido y me regreso a casa. Chau”. Y, tras dudar un poco, añadí: “Eres preciosa cuando duermes”. Luego me puse mi ropa, apagué todas las luces que habían quedado encendidas en la casa, abrí la puerta de la calle tratando de hacer el menor ruido posible, y salí. Me preocupaba que algún vecino me viera, pero no había nadie deambulando afuera. Hasta los gatos habían desaparecido. Solo un gallinazo, posado sobre un banco, muy arriba, oteaba los alrededores. Tratando de no pensar tomé un taxi. Las palabras que había pronunciado hace horas, y las caricias que se me habían chorreado como cartas bajo la manga, burbujeaban en mi cabeza.

Al llegar a mi depa, me metí como un perro con la cola entre el culo. Me lavé los dientes, me quité los pantalones, el calzoncillo. Me zambullí entre las sábanas y cerré los ojos con fuerza. En la oscuridad, mi corazón ahogado, caliente, giraba frente a mis narices. Pronto me sumergí en un sueño sin sueños, poderoso como un puñetazo.

martes, 4 de agosto de 2009

Mi patológico Yo



Pensé en lo que E me dijo el otro día, en lo de mi obsesión con el Yo. Pasé la mitad de la noche mirando una mulita de pisco, en mi habitación melliza, dándole vueltas a esas palabras que se habían empozado en mi cabeza como un charco de lodo. Supongo que sentí temor y me dejé caer en un profundo y pacífico sueño y no pensé más en esas palabras. Podría decirse que las olvidé, por un momento, mientras el cansancio y los vapores del trago hacían lo suyo. Podría decirse que -pese a la censura- mi querida E tan seria y profana esta vez tuvo razón.

Solo soy un niño. No tengo la más mínima idea de lo que digo. En realidad, puedo asegurar sin equivocaciones que nunca he salido de mi cuarto mellizo, a tan pocos metros del océano. Nunca conocí nada más allá de lo que sostienen los encorbatados estantes de mi mundo. Si me preguntan sobre Literatura, por ejemplo, probablemente sea capaz de resumir, impecable, cada buen libro que se haya publicado en el último medio siglo. ¿El mejor de todos? Borges, sin duda. Sé mucho sobre él. El discreto trabajo de su vida, sus laberintos de espejos, sus tigres. Él y su admiración por el Imperialismo. Él y los compadritos de San Telmo. Todo, completo... Pero no puedo decir cómo suena la avenida Corrientes un sábado por la noche. Jamás estuve ahí para ver ese estrepitoso obelisco erecto entre bailarinas de tango y librerías abiertas toda la madrugada. ¿Y sobre pintura? Puedo hablar mucho sobre pintura, sobre el renacimiento, claro que sí. Miguel Ángel, por ejemplo: su genio endiablado, sus aspiraciones políticas, su orientación sexual. Pero no soy capaz de describir cómo huele la Capilla Sixtina. Pese a mi profusa patología del Yo, a mi obcecación por la figura, jamás estuve ahí para ver esa cúpula. Esa espléndida nave. Sin que me importe el dolor de cuello o el dinero en la billetera. Aterrizando, demudado, sobre cada uno de sus trazos.

Si me preguntan sobre mujeres, es casi seguro que sonreiré satisfecho y ensayaré un prolijo resumen de mis preferidas. Incluso puede que me haya ido a la cama con algunas. Incluso eso. Pero nunca podré decir lo que se siente despertar junto a la mujer capaz de prometerme la vida más allá de la muerte. De hacerme sentir estúpida-verdaderamente feliz. Un macho que se respeta. Un Yo obsesivo. Eso soy, claro, ese es mi orgullo. Y si me preguntan sobre la guerra, por ejemplo, quizá mi rostro cobre una concentrada expresión de dura cerviz, anciano provecto, y cite en voz alta a Einstein: No sé con qué armas pelearemos en la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé cuáles serán en la cuarta Guerra Mundial: palos y mazas. Qué buen alumno, qué acotación tan humana, pero por supuesto que nunca estuve en una. No sufrí yo las calles ayacuchanas en 1987, hambrientas y cuajaradas, ni el oscuro resplandor del coche bomba en Tarata, 1992. Nunca tuve la cabeza de un cholo soldado amigo mío entre mis manos, pidiéndome ayuda, muriendo sin poder despedirse de su madre. ¿Y sobre el amor? Dios mío santo. Puedo decirlo todo sobre el amor. Recitar a Neruda, a Bécquer, a San Pablo, pero teniendo silenciosamente claro que no ha existido nadie capaz de hacerme sentir totalmente vulnerable. De echarme un lazo, anudarme, controlarme con sus ojos, rescatarme de las inesquivables profundidades del infierno. Nunca he tenido una verdadera pérdida. Nunca me he atrevido a amar a alguien más de lo que me amo a mí mismo. Ni esto ni nada de lo otro. Yo no.

Tuvo razón. Ahora puedo mirarme como esa noche a solas con mis libros: no soy un hombre inteligente, ni armado, ni sabio. Solo veo a un chiquillo presumido y egoísta y cagado de miedo. Tengo algo dentro que se retuerce, algo que palpita, que quizá nadie fuera de mí podría entenderlo. ¿Es que plajear y copiar es la única posibilidad? ¿Es que supongo que sé todo sobre la muerte porque leí cuatro veces La Iliada? ¿Porque puedo repetir versículos íntegros del Libro de Job? ¿Acaso es esta mierda lo que me define?

(Fabricio: a menos que, en realidad, quieras hablar de ti mismo. De quién eres. De por qué. De cómo. Sé que te aterroriza lo que puedas decir. La perspectiva de abrirte las venas sobre un papel es como verle la cara al fantasma que llevas dentro. Quizá no exista otra manera. ¿Seguro que no quieres hacerlo?).

viernes, 3 de julio de 2009

Remake


La memoria es algo extraño. Mientras estuve en San Marcos apenas le presté atención al paisaje exterior. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, siete años después, me acordaría de él hasta en los pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba poco el paisaje exterior. En aquella época solo pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en la que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerang, todo volvía al mismo punto de partida: yo.

De esa época, la primera imagen que se perfila en mi mente es la de los pasillos verde nilo. El viento helado en las mañanas, los gigantes salones vacíos, las carpetas dañadas con inscripciones revolucionarias, el olor a desinfectante de los baños minúsculos. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Cinthya, ni estoy yo. "¿A dónde hemos ido?, pienso. "¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor -ella, mi yo de entonces, nuestro mundo- ¿a dónde ha ido a parar?". Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Cinthya. Conservo un decorado sin paisajes.

Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir en algo su imagen. Sus manos pequeñas y frías. Los lóbulos de sus orejas, que se pecibían al tacto igual que la piel de un durazno. La elegante manera de vestir que solía llevar en invierno. Su costumbre de mirar directo a los ojos cuando hacía una pregunta. El ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz. Al sobreponer estas imágenes su rostro emerge de repente en mí. Primero se refleja su perfil. Quizá porque Cinthya y yo solíamos andar uno al lado del otro. De la mano, casi siemre, y hablando temas que a otros hubieran resultado extraños. Por eso su perfil es lo primero que emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez veía en los míos el rastro de una palabra nunca dicha, sin sonido, saliendo de mis pupilas como un abrazo.

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vaya pasando el tiempo, más tiempo me llevará. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos. Luego estos se convirtieron en diez, en treinta, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en un crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Cinthya. De la misma forma como se está distanciado del lugar donde se encontraba mi yo de entonces. Solo el paisaje, aquellos pasillos helados, vuelve una y otra vez a mi mente, como la escena simbólica de una película. Aquel exterior vacío sigue sacudiendo, terco, una parte de mi cabeza.

No siento dolor. Únicamente esta imagen hueca que me acompaña y que -lo sé- también se apagará algún día. Así como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Quizá por eso estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

(Murakami es lo máximo!!)



jueves, 28 de mayo de 2009

Petitorio



En su cuento ‘El Aleph’ Jorge Luis Borges hace esta observación: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es”. Y es que Borges nos recuerda que pensamos, hablamos y escribimos sucesivamente, porque estamos inmersos en un tiempo que así lo es. Además, porque el lenguaje y la escritura son progresivos. Esto no quiere decir que toda redacción deba ser cronológica ni seguir un parámetro establecido, mucho menos la periodística. Se sabe que la memoria, el proceso de recordar, no siempre obedece al orden cronológico ni estám sujetos a reglas impuestas.

La composición de la nota informativa tiene sus reglas ortodoxas, y una de ellas -la principal, me parece- es que se invierte el orden de sus componentes y el final de la pequeña historia es su principio. En la novela de aventuras o en el cuento infantil clásico, por ejemplo, el clímax está siempre al final. Sólo en el último momento el Lobo se come a Caperucita. Solo en el último capítulo se revela la identidad del asesino serial. Esa es la manera como la tradición concluye siempre los relatos. Sin embargo, no así con las notas periodísticas informativas, en las que ha de empezarse por revelar el nombre y todos los datos del asesino –o el desenlace de un partido de fútbol o de una sesión en el Congreso- en las primeras líneas.

Para muestra un botón: como recordamos, la magistral novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, finaliza con el asesinato del latifundista a manos de uno de sus hijos. Sólo en la última página, 400 hojas después del inicio, varios días después de haber abireto el libro por primera vez, se llega a la muerte del personaje: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”… Pero si esa historia hubiese sucedido en la realidad, una nota periodística sobre el mismo hecho –elaborada por alguna agencia internacional- sería algo así:

COMALA, 28 de marzo (AP). El latifundista mexicano Pedro Páramo fue asesinado hoy por uno de sus hijos, Abundio Martínez, quien ya se encuentra preso.

Pedro Páramo descansaba a la entrada de su hacienda de la Media Luna cuando Martínez, uno de los hijos que tuvo con diversas mujeres de la región, lo atacó a cuchilladas.

Damiana Cisneros, cocinera del occiso, dijo que Abundio Martínez se había presentado por la mañana para pedir a Páramo una ayuda -necesitaba dinero para enterrar a su esposa que acababa de fallecer-, y que éste se la había negado. Al caer la tarde, y en completo estado de ebriedad, el hijo de la víctima volvió a la hacienda para matarlo.

Qué diferente hubiera sido, ¿no? Es decir, la historia habría tenido que ser redactada dejando de lado toda elaboración estética, todo punto de vista diferente al políticamente correcto, a fin de anteponer las respuestas a las preguntas qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, para poder establecer el hecho, el sujeto, la forma, el momento, el lugar, y la causa alrededor de ese hecho noticioso. Lo que conocemos como pirámide invertida. Lo que muchos enfrentamos todos los días.

¿VIGENTE? La fórmula tradicional de la pirámide invertida (que más bien es un triángulo equilátero de cabeza) impuesta por los redactores de las primeras agencias noticiosas en el siglo XIX, señalan que el redactor debe ir escribiendo de más a menos, en orden de importancia, ya que podría darse el caso de que el periódico necesite cortar por razones de espacio o publicidad. Además, la subordinación al orden cronológico es inadecuada y confusa para una narración periodística. Eso dicen.

Me explico por qué no estoy de acuerdo con lo que mandan a hacer todos los días. Muchos dicen que la estructura de la noticia está calculada para que el lector se sienta capaz de suspender la lectura de la información antes de que el escrito concluya. O sea, que con sólo leer la entrada y los primeros párrafos, el lector debe quedar suficientemente informado de lo que sucedió. ¿Pero sucede así en la realidad?

Entre los géneros periodísticos, la nota informativa –y el uso de la pirámide invertida- es tal vez el que menos permite el protagonismo del redactor, pues debe hacerse a un lado para ‘procurar la mayor fidelidad a lo que sucedió’. Se escribe en tercera persona, en tiempo pasado o en presente, de manera sucinta y clara, utilizando las palabras más comunes a la gente. Sin epítetos ni adjetivos, respondiendo a las preguntas tradicionales. ¿Es realmente necesario eso hoy en día?

Álex Grijelmo también piensa que no. En su libro ‘El estilo del periodista’ (Editorial Santillana, Madrid, 2001) él siente que la pirámide invertida ya no es imprescindible en nuestro tiempo de computadoras. Si bien es cierto que antes los redactores, por la inseguridad técnica de las transmisiones y por economía de tiempo, tuvieron que imponer esta estructura, hoy en día ya no es tan necesario.

Grijelmo dice que, lluego de casi 150 años de habérsenos propuesto el lead convencional, sacralizado por siempre jamás, aún en las redacciones hay una obediente atadura a su fórmula y por eso muy poco terreno se concede a otras estructuras más enriquecedoras. “Hay tantos tipos de comienzo de la información como clases de esta. Los tipos de encabezamiento únicamente están limitados por la originalidad del autor”, subraya.

Y es que el modo de contar los hechos de mayor a menor importancia, siempre pendientes redactores y editores de que en cualquier momento pueda sacarse la tijera, hace que se releguen otras estructuras jaladoras para el lector: novedosas fórmulas que, aún en un pequeño espacio, pueden combinar los datos sin necesariamente atenerse a un orden de mayor a menor importancia. Orden que, discúlpenme los sabios, solo está sujeto a la percepción del acontecimiento que tuvo quien escribió la nota.

Sí, probablemente sea yo una voz que grita sola en el desierto. Pero es que me resisto –y quizá no tengo otra manera de decirlo- a la diaria interpretación de un acontecimiento. No. Yo quiero lo otro, aunque suene engreído y absurdo. La narración objetiva de lo sucedido recientemente pero contado de forma amena. ¿Crónica, reportaje, informe? Llámenlo como quieran, así solo tenga 600 caracteres disponibles al día. Ser testigo presencial que da fe de lo que ocurre, y que lo hace con su particular forma de expresarse. El sello personal que va firmado bajo mi responsabilidad. Nada de triángulos equiláteros, de fórmulas irrebatibles, de ángulos fijos. Nada de matemáticas, por favor, que para eso nunca he servido.


Por Fabricio Escajadillo del Solar -103

miércoles, 6 de mayo de 2009

Alegro Non Troppo


Defender la alegría como una trinchera. Defenderla del escándalo y la rutina, de la miseria y los miserables, de las ausencias transitorias y de las definitivas.

Defenderla como un principio. Protegerla del pasmo y las pesadillas, de los neutrales y de los neutrones, de las dulces infamias y los graves diagnósticos.

Defenderla como una bandera. Cubrirla del rayo y de la melancolía, de los ingenuos y los canallas, de la retórica y los paros cardiacos, de las endemias y las academias.

Defenderla como un destino (salvo mejor propósito). Defenderla del fuego y de los bomberos, de los suicidas y los homicidas, de las vacaciones y del agobio, de la obligación de estar alegres.

Defender la alegría como una certeza. Defenderla, siempre, del óxido y la roña, de la famosa pátina del tiempo, del relente y del oportunismo, de los proxenetas de la risa.

Y, sobre todo, defenderla como un derecho. Protegerla de dios y del invierno de las mayúsculas, y de la muerte de los apellidos, y las lástimas del azar.
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Y también -por supuesto- defender a la alegría de la alegría.


De Mario Benedetti. (Aguante maestro!)

martes, 5 de mayo de 2009

Ejercicio


Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo

Yo
y el gran aire de las palabras.


de "Valses y otras confesiones"

sábado, 25 de abril de 2009

Coincidiendo con Efraim


"Al llegar a tu casa pégale a tu mujer. Tú no
sabrás por qué pero ella sí", dijo no sé quién.


Cuando un hombre dice que ama a una mujer casi siempre lo que habla es la voz de sus delirios: ese hombre está atrapado en ideas de sexo, de control. Controlar a una mujer es el sueño de quienes suponen que el sexo es la herramienta ideal para ser felices. Me refiero a los que creen que la pasión es fuerza, que hay que ser dramático, homínido, poderoso. No hay nada más triste que un enamorado así montado en una mujer tratando de controlarla.

La razón es una sola: hay mujeres cuyo sexo es un laberinto y ellas están perdidas dentro. Esas pobres hembras que ponen sus deseos en la mente del macho, igual que una doncella posa su cara ante una laguna, solo para reflejarse con vanidad. Craso error. Cuando un hombre es poseído así -rico o pobre, inteligente o vano- al final enloquece o huye. Y, si por algún motivo insólito, él se figura más fuerte y busca a su amada en el laberinto, salvarla de sí misma para el provecho de su corazón, será peor. Lo que mejor funciona en ellas es el instinto que sabe que los hombres apenas somos perros gruñéndole a la luna en las avenidas. Una tragedia griega si eso llega a suceder. Un niño presa fácil del minotauro.

Por eso, quizá lo razonable sea ir apostando cada día más por lo irracional. Dejar de fraguar sueños y poseer un loco amor sin destino, crudo, impenitente. Un amor que no envenene la sangre ni haga trizas, pero que quizá, al final, asesine. Un amor sin promesas, sin poesía, sin vientre. Quizá acostarse con una mujer que, pasada la noche, milagrosamente amanezca ventana o lápiz o luna. Quizá lo razonable sea que estas palabras no sean razonables.
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Cuántas palabras para decir -como Efraím- que mejor sería volverme un pendejo.

viernes, 24 de abril de 2009

Esnac


Segunda entrega del genial Grupo 02 -cónclave con más de una luminaria surgida en la facultad de Comunicaciones de la USMP- que está revolucionando la manera de hacer cine en Perú. 'Esnac' narra la historia de un muchacho que pretende asustar a sus amiguitos con una amenazadora bolsa de papitas. Descubra los misterios que esconde nuestro pequeño protagonista tras su mirada de duende onanista, sus movimientos calculados y su morral de charanguero de la linea Caquetá-San Juan de Miraflores.
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No se esperan comentarios.


jueves, 26 de marzo de 2009

Fe



A Charlie y Gian Carlo


La poesía
No es el resultado de alguna noche luminosa
Haciéndole el amor a la caricia precisa
No la conclusión que se respira
Tras ser abrazado desesperadamente
Por la muerte y por la vida
(Según sea el caso)
Es
Apenas
La muda mañana siguiente
Descorrer las ventanas hallándose solo y magullado
Y no saber qué hacer sino mirarse
En el espejo
Con sorprendente paciencia
Eso es la poesía
Eso es el bagazo
El pajazo
Que debe explotar
Con urgencia
Pero sin prisa
Porque sino mata

jueves, 12 de marzo de 2009

Porque ácido ribonucleico enamorado serás siempre



No haberte besado
Jamás
La boca ajada
El grito amordazado
No haber tomado nunca tus manos heridas
Ni tu talle desconsolado
Tú muerta y yo muerto de ti
Discreta
Si nos hubiéramos respondido
Ah, si me hubieras aguantado
Vagina huérfana
Te hubiera acompañado como una sombra
Suavemente derramada en tu cuerpo
Como la lágrima de un hijo
Sin ojo
Sin mejilla
Una misma palabra
Blanca oscura
Que no suena ni se apaga
Objeto negro que escondo en mi cuarto
Entre mil libros monótonos
Como el primer y el último día
Tu penumbra todavía resuena como una luna
Ve lo que has hecho de la mentira
Mujer triste en una ventana
Ángel ciega dormida
Mediopunto negro
Puerta con una madrugada encima
Fuiste silenciosa y malsana
Tu boca me dolía y me acariciaba
Casi en la muerte
Casi en el fuego
Pátina azul como el fondo del miedo
Diosa de un cielo vacío igual que un huevo
Tu piel, como la mía, al revés de un cascarón
Donde el tiempo ardía
(Ay de nosotros los poetas
Los amnésicos los tristes los obsesivos
Los sobrevivientes, no obstante, de la vida
Los que no caemos tan fácil en la trampa)
Descanza en paz, madre mía
Ruega por mí
Y sucédete eufórica contínua estrella inventada
Borrada y nuevamente encendida en el cielo mudo
Plenitud ya sin nombre
Déjate de cosas
El amor será, siempre, la tierra más frágil
Corazón, caverna húmeda
Dile a José, a Jorge Eduardo, a César
No sé
Sólo diles.

sábado, 7 de marzo de 2009

El plajero ilustrado

Este post lo escribiré de espaldas. Es decir, mi rostro estará negado al lector mientras duren las palabras. Solo mostraré mi nuca y, en el peor de los casos, el borde de las orejas, las patillas. Solo se podrá ver lo que yo decida mostrar. Como tantos otros, este será un post de vergüenzas y mentiras. Un pequeño texto lleno de gente complicada y triste y adicta a la noche, a las falsas esperanzas y a soñar despierta.

Vergüenza porque durante años fui egoísta, entregado al abismo y a la luna desquiciada. Mentiras porque una tarde descubrí mi sexo en el espejo de mi habitación. Vergüenza porque no fui capaz de pensar en el sexo del resto, en los humildes sobre todo, en los que no tienen qué comer. Mentiras porque me perdí en callejuelas nauseabundas cuando debía amar, solo amar. Vergüenza porque este país se comió vivos a sus mejores hijos, los cocinó con malos hábitos, igual que a mí mi papá. Mentiras porque fallecí muchas veces al final de la noche. Vergüenza porque finalmente no soy normal. Porque, sin pose, no voy a discotecas ni me gusta la pornografía ni hablo del nuevo modelo de Gucci. Mentiras porque quiero ser, y hacer, y decir Santiago 2:17. Vergüenza porque así como había jóvenes que dejaban que las cosas fluyesen y el azar imperase, yo creía que cada 24 horas se acababa el mundo. Vergüenza porque lo que me daba placer ahora me da dolor. Mentiras porque hice fácil las adversidades y me compliqué en las nimiedades. Vergüenza por sentir que, acaso por perfecto, lo perfecto debía siempre de fisurarse. Mentiras porque soy un hombre herido por complicaciones, digamos contradicciones, y me siento bien así. Digamos que bien.
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Es así como yo sigo de espaldas. Hasta ahora nadie me ve. Prosigo: confieso que he sido mediocre. Que no me ha funcionado la materia gris como a veces parecía. Que fui inescrupuloso y tuve amplio apetito de fama. Que fui utilizado por la vanidad de tal manera que casi nunca logré pensar en otra cosa que no fuera en mí mismo, aún en desmedro de mí mismo. Eso he sido. Hago puños, mi nuca se crispa, mantengo el rostro negado. Lo confieso: he hablado a medias, me creí un ángel, escribí perezosamente.
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Pero no. Yo soy un hombre que tiene un hígado y vísceras y un corazón. A ver si eso lo resuelve. A ver si sirve aceptar que me crecen pelos y tengo legañas. Que escupo. Que lloro. Que me gustan las hojas secas y la música antigua y los finales tristes. Maldita sea. Que prefiero la belleza y el amor eternos, los que humanamente no existen. Y sin embargo no. Y sin embargo no.

Es aquí cuando se apaga la luz y, de espaldas a nosotros, se descorren las cortinas. Es aquí cuando mi rostro ladeado, mis ojos sobre todo, se llena de vida. El resplandor de la luna invade esta habitación y yo me animo: sonrío. He decidido contarles esto, desnudarme así. Hacia mí mismo siento vergüenza, uso mentiras, pero tengo compasión. Les he dado la cara.
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El grupo se llama El Cuarteto de Nos.
Fina cortesía de Ani.
...Solo con excepción de "Ya planté café en Nicaragua".

miércoles, 18 de febrero de 2009

10 tips para vencer una decepción amorosa



Nada nuevo, en realidad. Lo recurrente.

1) Enamórate de ti mismo. Tiéndete en el sofá de tu sala y mira una buena película. Cómprate un montón de ropa, que para qué sirve el dinero si no puedes usarlo a tu modo. Ponte guapo. Matricúlate en un gimnasio. Tómate un pisco sour frente al mar y quédate así, básico. Fíjate en las chicas lindas que inundan las calles. Verás que ninguna parece tener la culpa de nada.

2) La cacería es una posibilidad. En verano, el sur de Lima es un paraíso para los corazones desdichados. Sobre la arena o entre las luces de una discoteca, todo luce fácil. Eso sí, ten cuidado. Un clavo podrá sacar a otro clavo pero no borrará la huella. Ten presente que la mentira es engaño y la verdad no, pero que a ti te han engañado ambas.

3) Deja de pensar que esto solo te ha pasado a ti. Desde dentro, acuérdate que el túnel es más oscuro. Quizá hablar con un amigo de confianza sirva para ver las cosas de una manera saludable. No es bueno guardar estas cosas para el techo de tu habitación.

4) No te emborraches. Evadir la realidad solo provocará que tu tristeza se haga crónica. Tampoco escuches esa canción o veas esa película. Si te vas a prender un porro, calcula. Quizá, para sacarte el estrés, mejor sea un paseo por la playa con tus perros. Te lo digo yo, quien en vida fui un caso perdido.

5) Por nada del mundo entres a su Facebook o a su Hi5. ¿Qué vas a ganar con eso? Empieza de nuevo. Desintoxícate. Elíminala del messenger y, si puedes, bórrala de tu celular. Si no puedes quemar las cartas de amor, pídele a tu mejor amigo que sea quien prenda la hoguera. Déjate de cosas.

6) En cuanto puedas, viaja. Y lee el libro que siempre quisiste. Conoce nuevos amigos. Descubre que el aire de otros lugares pesa (y huele) distinto al de tu ciudad. Que, más allá, el mundo continúa sin ella. Te aconsejo: La Habana, que no conozco; El Cairo, que no conozco; o París, que tampoco conozco. Chesss.

7) Ten un hobbie. Mantén tu tiempo ocupado en algo que te relaje. También vale tener una mascota o un gadget. No vale ni una muñeca inflable o una colección de dvds triple x. Lo frío, frío está, hermano. El plástico y el vidrio no te contestarán las caricias.

8) Trabaja más duro que antes. Sácale la lengua a los tiempos muertos. Presiónate. Date cuenta que tienes un talento y que nada, ni siquiera el más jodido de los dolores, podrá quitártelo. No hay nada mejor que la satisfacción por el trabajo dado a luz con tus propias manos.

9) No guardes rencores. La venganza déjasela al destino, ese sicótico justiciero que nunca falla, que odia que lo fuercen a actuar antes de tiempo. Mi abuelita solía repetírmelo: la mejor venganza es estar pasándola bien. Déjalo ser.

10) Si vas a llorar, llora. Y que no sea a medias tintas: llora bien. A solas y hasta el fondo. Que tarde o temprano tus lágrimas se cansen y, con ellas, tu corazón. Hártate de ese amor inservible. Parecerá absurdo, quizá hasta masoquista, pero al final una cosa quedará clara: tú vales más. Tú sobreviviste. Ahora eres una nueva persona.
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Sí, Mirla, ríete. Soy re cursi... Y queeeé!